IV Domingo del Tiempo ordinario

El autorretrato de Jesús

En fidelidad a lo que hizo el mismo Jesús, al comienzo de su predicación, san Mateo propone también cuanto antes en su evangelio la vida del reino de Dios. Y en sintonía con ellos, la Iglesia presenta las Bienaventuranzas casi al comienzo mismo del año litúrgico, para que, de ese modo, descubramos, ya de entrada, por dónde hemos de transitar en la escucha y acogida de la palabra de Dios, a lo largo de todo su recorrido. No quiere la Santa Madre Iglesia que nada nos distraiga de la contemplación de Cristo y, por eso, nos propone tan pronto un texto que retrata perfectamente los rasgos de su corazón y las actitudes de su vida. En el Sermón de la Montaña, Jesús se muestra a sus discípulos y al gentío que le seguía en su más profunda verdad, y lo hace en una especie de manifiesto solemne.
Se dice que las Bienaventuranzas, en su conjunto, son el autorretrato de Jesús. En todas ellas, el Maestro se está revelando a sí mismo y abre su corazón. Jesús es el pobre, el manso, el misericordioso, el que llora, el limpio de corazón, el que tiene hambre y sed de justicia, el perseguido por causa de la justicia. Las Bienaventuranzas ofrecen, en efecto, la óptica del alma de Jesús. Entre todas constituyen su autorretrato. De ahí que sea recomendable acercarse al Sermón del Monte contemplando a Jesucristo en toda su existencia; pues su vida, toda ella, es el mejor comentario de todo lo que se dice en las Bienaventuranzas. Es precisamente esa realización histórica en Jesucristo lo que hace que éstas sean algo más que pura utopía. Pues, de lo contrario, nos podrían parecer hermosas pero inalcanzables.
Justamente, esa realización histórica en la persona de Jesús convierte las Bienaventuranzas del Reino en código existencial también para el vivir, en Cristo, de todos nosotros. Y digo bien cuando digo de todos; aunque algunos -los consagrados- tengan la vocación y la misión específica, por pura gracia, de ser exégesis viviente del Sermón de la Montaña. Pero insisto en que todos los bautizados, en su vocación de ser santos, han de vivir en este estilo de Cristo. Como recuerda el Vaticano II, «el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las Bienaventuranzas». Y la primera de todas en vivir en este código existencial que refleja a Cristo es su Madre y nuestra Madre, María. «En su vida terrena, ha realizado la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de toda virtud, y ha encarnado las Bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo» (Pablo VI, Clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II). También los santos tienen los rasgos inconfundibles de las Bienaventuranzas, al mostrarse pobres, castos y obedientes como Jesucristo.

+ Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia

Evangelio

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán ellos llamados los hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Mateo 5, 1-12a

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