CARMEN GONZÁLEZ ECHEGARAY/

 

Así termina Gerardo Diego su soneto Peñacastillo, dedicado a esta roca y portillo tan entrañable para los santanderinos, vieja peña corcobada a la que han ido las canteras comiendo poco a poco, arrancándole sus entrañas de piedra, y no dando importancia a la historia que encierra, la más antigua de la ciudad.

En el año 1025, se cita esta peña con un nombre muy expresivo: «Peña del Miradorio», y comenzamos a conocer su historia, misteriosa, olvidada, y hasta despreciada por nuestras gentes que por desgracia tenemos ese mal hábito. La verdad es que cuando llegamos de Torrelavega, a Santander por la vieja carretera, y nos encontramos con el perfil sorprendente de la mole verdinegra, cotero a cuya proa se destaca la iglesia del pueblo, llamada de San Lorenzo y acogedora de la Virgen de Loreto, según nos vamos acercando va la iglesia creciendo mientras se humilla y empequeñece el monte, con el efecto óptico de la proporción.

Parece que antiguamente «cuando Santander no era poblada» según Lope García de Salazar, los Escalante, tenían ya allí su vivienda, y cuenta que llegó a la peña de Castillo un obispo de Granada huyendo como otros muchos paisanos de la persecución sarracena y traía un gran tesoro que se enterró en una cueva para evitar posibles robos. Un esclavo le ayudó a soterrar aquel oro y al poco tiempo el obispo expiró. Un descendiente del esclavo, pasados los años y las generaciones, estando en la puerta de Triana se encontró con un hombre procedente de Santander, «e dixole, cristiano, si me quisieses sacar cautivo porque me vaya a Granada, yo te mostraré como falles oro y plata quanto quieras». El montañés pagó el rescate del siervo, y regresó a Peñacastillo «con señales ciertas, e halló aquel tesoro sepultado entre dos piedras».

Nos hemos remontado por lo menos al siglo XIV, pero no es esta la única vez que se cita la famosa cueva del tesoro que en ya un siglo después se llamaba ‘Cueva de San Andrés’. Nos cuenta el académico Enrique de Leguina, que el expediente se encuentra en el Archivo del Museo Británico y que el mismo lo consultó personalmente. Nos explica «que la caverna está en el centro del monte o cerro, y que la fuerte sombra indica a lo lejos la existencia de una cavidad profunda». Parece que un italiano llamado Marco Antonio comenzó a ser visitante asiduo de la cueva, midiendo, dibujando y calculando, y que los vecinos comenzaron a sospechar que era algo así como un espía por lo que fue detenido y llevado a la cárcel de San Sebastián desde la que envió un Memorial al Rey que lo era en aquel entonces Felipe II explicando que había acudido a Santander «para reconocer la cueva de Peñacastillo, que estaba encantada y atesoraba grandes riquezas». Pidió al rey protección y la consiguió y tras muchas aventuras el italiano salió por pies, dejando a todos con la boca abierta y por supuesto sin el ‘tesoro’.

Durante el siglo XVI y XVII, las familias más destacadas de Santander, tenían en Peñacastillo sus casas de verano, como los Pámanes, los Herrera Escalante, los Azoños , (raza de armadores y marinos), y allí existió la antigua ermita de ‘Nuestra Señora de Loreto’, recogida hoy en día en la iglesia parroquial, desde donde protege el vuelo de los aviones que pasan sobre la peña surcando los cielos en un ¿Hola! o ¿Adiós! a la ciudad de Santander.

Por todo esto y por mucho más, queremos alegrarnos de la idea de hacer en lo alto de la peña un mirador que abarque toda nuestra península, de mar a mar; desde la mar dura, a nuestra entrañable bahía, acogedora y maternal. «Pies menudos de niña hacen alarde

de escalarte algún jueves por la tarde

o aquel bíblico día del eclipse.

Y cuando el sol por Mogro ya declina,

desde tu pico abárcase en elipse

la tristeza del mar, santanderina».

 

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