Luis Felipe Ortiz y Gutiérrez, Obispo de Zamora y Senador por el Arzobispado de Valladolid

 

Ortiz y Gutiérrez, Luis Felipe. Castillo Siete Villas (Cantabria), 22.XI.1835 − Zamora, 9.II.1914. Deán, obispo de Zamora, senador.

Hijo de Andrés Ortiz Menezo y Ramona Gutiérrez de Castro. Estudió en los Seminarios de Burgos y de Corbán, donde obtuvo el título de bachiller en Teología, y en el Seminario Central de Toledo, donde se licenció y doctoró en Teología. Fue ordenado presbítero el 17 de diciembre de 1859 en Corbán. Ejerció la docencia en el Seminario de Corbán como profesor de Latinidad y Humanidades y la cura pastoral como párroco de Mortera. En 1863 viajó hasta Sevilla reclamado por el cardenal arzobispo, Luis de la Lastra y Cuesta, que le nombró su capellán y luego beneficiado y canónigo de la Catedral hispalense. En 1877 fue nombrado deán de la Catedral de León y en 1886 de la metropolitana de Valladolid. Fue preconizado obispo de Coria el 10 de junio de 1886 y consagrado obispo en Valladolid el 3 de octubre por el arzobispo Benito Sanz, asistido por los obispos de Santander y León, haciendo la entrada oficial en su sede el 20 de noviembre. El 19 de enero de 1893 fue nombrado obispo de Zamora, tomando posesión de la diócesis el 14 de mayo y haciendo su entrada oficial en ella el 11 de junio. Falleció en Zamora el 9 de febrero de 1914, siendo sepultado en la capilla mayor de la Catedral, delante del altar de la Virgen de la Majestad.

Destacó por su vasta formación cultural —llegó a poseer una nutrida biblioteca privada, que actualmente forma parte de los fondos de la Biblioteca Diocesana de Zamora—, su poliglotismo —hablaba latín, inglés, francés e italiano—, y su vehemente elocuencia; su amistad con intelectuales y escritores de la época (Marcelino Menéndez y Pelayo, Amós de Escalante, José María de Pereda, entre otros); su extremada generosidad, por lo que apenas dejó en sus arcas lo indispensable para satisfacer los gastos de su propio funeral; y su delicada salud, lo que le obligó a ausentarse temporalmente de la sede en numerosas ocasiones.

Ostentó el título de caballero Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica y tomó como lema para su escudo episcopal la frase “Dulcius melle, fortius leone” (“Dulce como la miel, fuerte como el león”).

Durante su pontificado en la diócesis de Coria destacó por la promoción de la acción benéfica y social, fundando y dotando el Convento de carmelitas descalzas de Cáceres, con la obligación de educar gratuitamente a cien niñas pobres, y estableciendo la Congregación Diocesana de las Concepcionistas en Coria, dedicada a la asistencia domiciliaria a los enfermos. Esta labor fue continuada en la diócesis zamorana, movilizando a los fieles a la solidaridad en favor de los damnificados por los incendios de las localidades de Guarrate (1900) y Villalube (1906); llevando a cabo la reforma y el sostenimiento de los círculos católicos para obreros establecidos en Zamora, Toro y diversos lugares de la diócesis; creando el Consejo Diocesano de Acción Social Católica, bajo la presidencia de Luis Chaves Arias (1907), y estableciendo las Conferencias de San Vicente de Paúl; y, finalmente, promoviendo la prensa católica, auspiciando la fundación del diario local El Correo de Zamora (1897).

En Zamora acometió definitivamente el arreglo parroquial de la diócesis (1894); restauró y elaboró el reglamento de las conferencias morales y litúrgicas (1900), instituyó el día de retiro mensual e incentivó los ejercicios espirituales para el clero; promovió la fundación de comunidades religiosas en Zamora, como el Instituto de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (1902) y de las Hijas de las Caridad (1903 y 1904); favoreció las misiones populares, encargadas a jesuitas, redentoristas, mercedarios, cordimarianos y capuchinos; organizó y ofreció normativa para la catequesis parroquial; exhortó constantemente al establecimiento del Apostolado de la oración y de la Congregación de la doctrina cristiana y otras asociaciones piadosas; se interesó por la atención pastoral a los jóvenes, instituyendo la Congregación de Jóvenes de Nuestra Señora del Tránsito y San Luis Gonzaga (1908); y alentó el culto a las reliquias delzamorano San Martín Cid —depositadas en la catedral desde la supresión del Monasterio de Valparaíso—, disponiendo celebrar cultos solemnes en su honor (1913), y la piedad popular, apoyando la constitución de la Junta de Fomento de la Semana Santa de Zamora (1897).

Su intensa espiritualidad mariana le llevó a promover el voto popular de la comarca zamorana a la Virgen del Tránsito (1896) y a impulsar la construcción de su camarín en el Convento de clarisas del Corpus Christi de Zamora (1896-1899); a decidir la edificación de la iglesia de la Virgen de Lourdes en el barrio zamorano de Pantoja con motivo del cincuentenario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (1904); a promover una peregrinación diocesana al Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en Francia (1912), encabezada por él mismo y compartida por el obispo y peregrinos de la diócesis de Astorga, y a escribir una carta-prólogo de la edición española del libro de Bertrin Historia crítica de Lourdes.

Otra de sus grandes preocupaciones fue el patrimonio cultural de la Iglesia. En León promovió de modo efectivo la restauración de la Catedral, ideando medios para obtener recursos y logrando la sustitución del arquitecto Juan Madrazo, que había puesto en entredicho al Cabildo, por Demetrio de los Ríos (1880). En Zamora impulsó la edificación, restauración y ornato de diversas iglesias; encargó la galería de retratos de obispos del Palacio Episcopal, realizada por el pintor Nicanor Martínez Gata (1898-1900), y apoyó la elaboración del catálogo monumental, redactado por el arqueólogo granadino Manuel Gómez- Moreno (1903-1905).

En el campo político destacó como senador del Reino en representación de la provincia eclesiástica de Valladolid en una legislatura (1898-1899). Con anterioridad había mantenido una pugna con el Estado acerca de las capellanías vacantes, consiguiendo, mediante el Real Decreto Concordado de 15 de octubre de 1895, que la Iglesia disfrutase de sus rentas y se reservase a los tribunales eclesiásticos las cuestiones relativas a la administración y entrega de frutos de los bienes de capellanías administradas por los obispos o sus delegados. También fue muy celebrado el escrito que dirigió al presidente del Gobierno exponiendo su parecer contrario al proyecto de Ley de Asociaciones (1912), “manifiestamente ideado en detrimento y daño de la religión católica”, que supondría una “arbitraria e injustificable violación de leyes concordadas”, pues las asociaciones religiosas eran estimadas por el pueblo “como notorios dispensadores de beneficios muy estimables en la enseñanza y virtuosa educación de la juventud, y por la ferviente caridad que ejercen a favor de los menesterosos, cooperando además con los obispos y el clero en la creación de obras sociales para remedio de los calamitosos males económicos, como círculos de obreros, cajas de ahorros, sindicatos agrícolas, etc.”.

Bibl.: M. Zataraín Fernández, Apuntes y noticias curiosas para formalizar la historia eclesiástica de Zamora y su diócesis, Zamora, Est. Tipográfico de San José, 1898, págs. 323-331; Recuerdo de las Bodas de Oro Sacerdotales del Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Dr. D. Luis Felipe Ortiz y Gutiérrez, Zamora, Imprenta San José, 1909; L. de Echeverría, Episcopologio español contemporáneo (1868-1985), Salamanca, Universidad, 1986, pág. 53; J. M. Cuenca Toribio, Sociología del episcopado español e hispoanoamericano (1789-1985), Madrid, Pegaso, 1986; R. Palacio Ramos, Luis Felipe Ortiz, el obispo de Coboso, Castillo Siete Villas (Cantabria), Junta Vecinal, 1994; M. Gómez Ríos, Los obispos de Zamora en los documentos del Archivo Secreto del Vaticano, Zamora, Cícero Imprenta, 2000, págs. 266-272.

José Ángel Rivera de Las Heras / dbe.rah.e

 

 

cuenta cómo, pocas horas antes de su muerte, «notoriamente emocionado, pero con gran energía, dijo que iba a dirigir por última vez la palabra y bendecir a sus diocesanos. Ponderó la importancia del acto que se realizaba por ser preparación del viaje a la eternidad». Falleció, según el diario, «a las cuatro menos cuarto» de la madrugada. Fue amortajado con sotana morada y dispuesto el velatorio en la Catedral, donde el cadáver embalsamado fue expuesto durante dos días. Por expreso deseo fue enterrado «al pie de la grada altar de Nuestra Señora de la Majestad, camino de la Sacristía de la Santa Iglesia Catedral».

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