1915: Juan Belmonte en la Plaza de Cuatro Caminos

 

El Pasmo de Triana toreó en 21 ocasiones en Santander

Juan Belmonte, es uno de los grandes inmortales del toreo y el primer matador que contagió los ruedos del sentimiento trágico de la vida interior de un hombre a veces indescifrable. Belmonte fue un torero patético, un tipo desgarbado, un compulsivo lector de Stendhal y Dostoyevski y un fanático de las novelas de Anatole France; de hecho se cuenta que un día no compareció en el ruedo hasta que terminó su obra favorita, ‘Los dioses tienen sed’, aquel relato sobre la Revolución Francesa que tanto influyó en la narrativa de Milan Kundera, tal y como explicaba Carlos Fuentes. Su alternativa en Madrid está considerada como el punto de partida del toreo moderno, una eclosión que se materializó con su fusión con Joselito El Gallo: el niño que parecía que lo había parido una vaca. A partir de los dos, de su reinado, nada fue igual en los toros. Joselito lo sabía todo, cambió el rumbo de las ganaderías, diseñó cosos monumentales, y a su lado Juan Belmonte, que sólo tenía tiempo para torear entre libro y libro o tras inacabables noches de tertulia con Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa o Sebastián Miranda, algunos de los más fieles seguidores de un torero que era capaz de parar al toro con el vigor de sus muñecas. No se podía mover, no tenía escapatoria y por eso afianzó su toreo en la solidez de su muleta: «Puedo decir, sin jactancia, que toreé despacio y limpio a toros fuertes y rápidos», dicen que dijo. Belmonte no inventó el temple, pero lo depuró hasta llevarlo a la frontera de la sutileza actual. Nadie antes que él había sido capaz de asentar los talones donde los puso y emitir un sentimiento de derrota imprevisible ante el toro para desvanecerse segundos después con la inteligencia de un verdadero mito. Murió Joselito en Talavera en 1919. Y un poco de Juan también se fue con él, que se vio solo en el mundo cuando todos los sabios decían que si querían ver a Belmonte que se dieran prisa porque un toro pronto se llevaría su vida. Y mientras Joselito se hizo inmortal siendo apenas un efebo, Juan Belmonte se hacía viejo y se moría un poco cada día añorando al José gitano con el que tanto quiso la vida y el toreo. Juan se pegó un tiro en su caserío de Gómez Cardeña el 8 de abril de 1962. Pero sólo él sabía que llevaba mucho tiempo muerto, tanto que la vida había dejado de interesarle.

Pablo García-Mancha.

 Publicado en Diario La Rioja y en http://www.toroprensa.com/

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