Santander, puerta de la peste atlántica que arrasó Castilla

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“No fue la medicina la que acabó con la peste en el Viejo continente. A principio del siglo XVIII, una especie invasora expulsó a otra que es vectora del bacilo”. El profesor Alfredo Alvar es un reconocido cervantista y experto la época de Felipe II. Miembro de la Real Academia de Historia e investigador del CSIC, uno de sus primeros campos de estudio fueron las epidemias de peste, en particular la llamadaGran peste Atlántica.

La peste Atlántica

Menos conocida que la Peste Negra o el brote que diezmó Sevilla, esta epidemia fue particularmente mortífera en Castilla. “Fue terrible y tuvo en vilo a la población durante seis años, desde 1596 hasta 1602”, explica Alvar. La enfermedad llegó desde Flandes en un barco cargado de lana, el Rodamudno, que atracó en Santander. De ahí el nombre de Atlántica. “La peste penetró por el norte de la península, arrasó hasta Andalucía donde se reactivó y volvió a barrer España marcha atrás. En Castilla los efectos fueron catastróficos. A finales del reinado de Felipe II se perdió el 15% de la población”. En Madrid murió el 30% de la población en el momento de más intensidad, alrededor de 1599.

Entre las razones que llevaron Alvar a investigar sobre la Peste Atlántica fue la posibilidad de estudiar con detalle los efectos demográficos gracias a los datos proporcionados por los registros parroquiales “Antes del siglo XVI hubo muchos brotes de peste pero la mayoría de las noticias que tenemos son subjetivas, de escritores o cronistas de la época. Pero a finales del 1500 sí existían registros y se ha podido contrastar las consecuencias sobre la población y la economía”.

Más muertes, más matrimonios

Lo más escalofriante desde el punto de vista estadístico para Alvar es ver como las defunciones suben brutalmente cuando va pasando la peste, caen y unos años después vuelven a subir en el mismo pueblo, pero sin la intensidad de la primera barrida. “Es fascinante ver los esfuerzos de los supervivientes: en muchas ocasiones se incrementan instantáneamente los matrimonios entre viudos para fundir rentas y enfrentarse de nuevo a la vida”. Los campos abandonados permitieron la entrada de más ganado y una población mejor alimentada.

Los estudios han demostrado que durante toda la edad moderna hubo una gran estacionalidad de las epidemias de peste. Una recurrencia mayor de brotes más leves con menor incidencia sobre una población mejor alimentada. “La peste era un tabú. Las ciudades esperaban a que el contagio fuera absolutamente evidente antes de levantar cordones sanitarios, con resultados catastróficos”, explica Alvar.

Sin llamarla peste

Para disimular la gravedad de la infección incluso se buscaban nombres alternativos: el mal, el contagio. Una confusión que a lo largo de la historia podría haber dado lugar a muchas interpretaciones incorrectas. Por ejemplo el Gran Catharro, considerado el primer episodio documentado de pandemia de gripe. Dejó enfermo al mismo emperador Felipe II y mató su cuarta esposa, Ana de Austria. La epidemia se originó en Asia alrededor de 1580 y se difundió a Europa, donde llegó a enfermar hasta el 80% de la población . Ahora hay estudiosos que cuestionan esta interpretación, proponiendo como alternativa un brote de tos ferina. “Por la estacionalidad hay que preguntarse si se trata de una gripe o una variante de peste pulmonar” – se pregunta Alvar – “sin embargo los recortes a la investigación en el campo de la historia de la epidemias dejarán en el aire la respuesta durante mucho tiempo”.

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