Lo que la Montaña debe a los romanos

 

 

Ahora que se intenta, con mayor o menor razón, con mayor o menor sentido histórico, resucitar la personalidad, el carácter y la importancia de los cántabros, como generadores de una idiosincrasia bien determinada, que sería la nuestra, la de los actuales santanderinos, lo que nos haría portadores de una diferenciación suficientemente aprovechable para competir en el futuro juego de los regionalismos, me van a perdonar, mis queridos radioyentes, si en vez de romperme en alabanzas de estos pretendidos salvadores de nuestros arcanos orígenes, intente resaltar las consecuencias producidas en nuestra historia cultural precisamente por el pueblo vencedor de los cántabros: el pueblo romano. Si de verdad, de verdad, prescindiendo de momentos oportunistas o de exaltados patriotismos fuera de tono, tuviésemos que agradecer a alguien las bases fundamentales de nuestra formación y de nuestra filosofía, sería a los romanos, mucho más que a los cántabros, y a quienes estaríamos obligados a colocar en el primer puesto entres los maestros y creadores de nuestra cultura. Roma nos entregó el idioma, nos trajo una religión que recogida por ellos en Oriente impregnaba poco a poco el Mediterráneo, nos enseñó el derecho que había de regir nuestros actos durante dos mil años, y nos aportó la escritura que hoy, con ciertas variaciones, utilizamos. Naturalmente que, de no habernos dominado esta gran civilización imperativa y arrasadora, hubiéramos hablado ahora otro idioma, tendríamos otras costumbres y adoraríamos a un dios de manera distinta, pero no podemos seriamente exaltar y soñar con lo que pudo ser, cuando somos ya, y en realidad, lo que somos. Y lo que somos, salvo esas reminiscencias ocultas, reflejos inconscientes de un lejano pasado de sombras, es todo, en lo aparente, herencia absoluta de los romanos. Porque el carácter, el pensamiento, la sensibilidad de cada ser, se fragua con la materia de la cultura que le envuelve desde que aparece en el mundo. El lugar del nacimiento no confiere, de por sí, carisma especial para toda la vida. “No con quien naces –dice el refrán- sino con quien paces”. Y nosotros, los montañeses, pacimos siempre, desde hace ya miles de años, entre los romanos. Ellos nos abrieron nuestros densos bosques para que atravesasen vías de comunicación más asequibles a la posibilidad de relaciones, nos activaron los puertos naturales del mar para facilitar el comercio con las Galias, nos enseñaron el sistema y la organización de las relaciones públicas y personales, crearon nuestras primeras ciudades y, en una palabra, nos hicieron entrar por primera vez en el Mercado común europeo de aquellos tiempos. Naturalmente que por la fuerza, pero entonces no solían utilizarse otros procedimientos de dominio y convencimiento que la ley del más fuerte. Eso ya se sabía, la cosa no dejaba de ser clara: o te someto o me sometes. Ahora, con la civilización, se han dulcificado tanto las cosas, se han eliminado –porque ya no parece bien- los ataques directos y a la luz del día, que la dominación de unos a otros –aunque de hecho y como resultado es muy semejante- viene siempre envuelta en papeles finos con lazos rosas, presentada con atractivos casi navideños, pero con una espoleta sensibilísima al primer contacto.
Pensamos, pues, vivimos y actuamos tal como los romanos nos fueron enseñando. Todos nosotros somos mucho más latinos que cántabros, porque si, como un hombre lobo, quedara aislado un ser que no hubiese tenido contacto con la cultura que nos trajo Roma, estoy seguro que nadie se atrevería a confesar y a admitir que él era la representación de nuestras actuales aspiraciones. Ni siquiera los que, afanosamente, se preocupan de inventar nuestro desconocido idioma cántabro.
Y que conste, que yo no reniego de quienes pudieron ser mis más remotos ascendientes. Tal vez, allí en el fondo de mi inconsciencia, exista todavía alguna reacción, algún resto de aquellos indómitos grupos humanos a quienes les tocó defender contra Roma su sagrado solar. Pero la verdad es que yo ya no puedo reconocer si ese impulso un poco rebelde y áspero que yo tengo a veces, procede de ser bisnieto de Corocotta o nieto de algún Claudio que, aunque romano, también había de tener su genio.
Lo que yo sí sé, es que soy hijo de la cultura romana y que me desenvuelvo gracias a ella, que me ha dado además una forma de ser, y una filosofía ante la vida totalmente latinas. De lo cántabro, bastante hago con sentir bien profundamente el paisaje que también ellos vivieron. La pena es que este paisaje no fue sólo privilegio de los cántabros, sino de otros pueblos anteriores prehistóricos, y luego, hasta el presente, de otras muchas agrupaciones de diversos orígenes: visigodo, romano, franco, cristiano, mozárabe, judío, etc. La verdad es que hemos tenido demasiada vida como para querer tontamente limitárnosla o jugárnosla a una sola baraja. Los montañeses actuales –y va también esto para cualquier otro grupo que se crea más o menos racial- somos un pueblo donde hay de todo y eso es precisamente lo que verdaderamente debe de enorgullecernos y liberarnos. No hay cosa más pueril, ridícula y populachera, que creerse el cogollo de algo puro y diferenciativo. ¡Estaría bueno que a estas alturas, y en nombre de la democracia, volviese a resucitarse el racismo regionalista!(63)
(63) Nota actual: Esta charla dedicada a lo que debemos a la cultura romana, fue motivada como contraste al exceso de cantabrismo que olvidaba que los montañeses, como toda Europa, fueron durante toda la Edad Media producto cultural de Roma.

 

Miguel Ángel García Guinea

 

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