El patrimonio intangible de las calles de Santander

AURELIO GONZÁLEZ-RIANCHO COLONGUESCENTRO DE ESTUDIOS MONTAÑESES El Diario Montañés 

La presencia de los dos extranjeros había roto la calma de la menuda y tranquila villa. Se hospedaron en el viejo mesón de la Puerta la Sierra en la Puebla Nueva y desde las primeras luces del alba recorrieron, con curiosidad, la principal Rúa Mayor, Somorrostro, la calle de San Francisco, la Ribera, el Arrabal de pescadores, Calzadas Altas y el resto de las 18 calles de la villa, anotando y dibujando cuanto veían. Examinaron minuciosamente el Castillo del Rey, la Colegiata de los Cuerpos Santos y el palacio del Abad en la Puebla Vieja, cruzaron la ría de Becedo por el puente de Atarazanas y estudiaron estas y también las esbeltas torres urbanas de los linajes. En pocas jornadas habían reconocido las casi 650 edificaciones de la villa.

Y desde el cerro de San Martin una mañana otoñal de 1563, Joris Hoefnaegel, regalaba a Santander y al mundo conocido el primer documento grafico de la urbe.

La antigua y romana Portus Victoriae, contaba en ese momento con unos 700 vecinos y la actividad se centraba en el tinglado de Becedo, en la pesca y en el cultivo de huertas y viñas. Desde entonces y hasta ahora mucho ha cambiado la villa, a mediados del S. XVIII fueron derribándose las murallas y aquella fue creciendo para hacerse ciudad, hecho histórico reconocido por F ernando VI el 11 de julio de 1755. La urbe camina hacia la modernidad con el alumbrado público de faroles para las noches oscuras, un básico servicio de bomberos, otro de correos y postas, un servicio de sillas de postas para viajar a Madrid, una escuela para enseñar a leer y a escribir y otros rudimentarios servicios públicos precursores y organizadores de la naciente vida ciudadana.

En 1785 se crea el Consulado de Mar y Tierra de Santander con la liberación para comerciar directamente con América, hecho de primer orden para la prosperidad económica. En los primeros años del S. XIX, la ciudad sufrirá la invasión francesa y después organizará la defensa ante la amenaza carlista. En 1868 vivirá el levantamiento antimonárquico conocido como ‘la Gloriosa’, que supuso el exilio de Isabel II. En 1835 Santander, que cuenta con 15.000 habitantes, será testigo de la desamortización de los conventos de San Francisco, de Santa Clara y de la Santa Cruz y en 1844 de la admirable reacción de algunos ciudadanos preocupados por la conservación del Patrimonio, creando la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos. Es justo recordar a aquellos adelantados como Zabaleta, Amador de los Ríos, Ruiz Eguilaz, Fresnedo de la Calzada, Sáenz de Sautuola, Angel de los Ríos, Manuel de Assas, Pereda de la Reguera, Eduardo de la Pedraja, Elías Ortiz de la Torre y otros que entendieron que el Patrimonio era un bien general heredado para la supervivencia de la memoria y el disfrute y que estaban obligados a proteger y a transmitir a las generaciones venideras.

Crece la ciudad y roba terreno al mar, construyéndose moderna y ordenadamente hasta Cañadío y Puerto Chico y trepa por las huertas hasta el Alta, nace el Sardinero y el Barrio Pesquero y explota el vapor Machichaco aquel ignominioso 1893 y cincuenta años después, otro indigno 15 de febrero de 1941 arde Santander cuando el viento sur se enfureció.

Parte significativa de esa historia y mucha más fue fijada, narrada y recordada en la toponimia callejera de la ciudad, gracias a la memoria colectiva que se fue perpetuando en sus calles, en sus esquinas y en sus plazas todas esas circunstancias que la fueron proporcionando su identidad.

Algunos de aquellos nombres evocadores con que se escribió la historia, perviven en nuestro callejero; las Atarazanas, el Arrabal de pescadores, la rúa de la Sal, la calle Santa Clara donde estaba aquel convento desamortizado hoy Instituto de igual nombre, Cañadío que la tradición oral recuerda como lugar de caña y de mar. Otras se han perdido porque la ciudad fue creciendo sobre sí misma, sacrificando este fenómeno muchos de estos lugares. También aquellos desastres de 1893 y de 1941 destruyeron otras muchas referencias; Don Gutierre, La Blanca, la Ribera, la calle del Puente, el Infierno, la Compañía.

En otras ocasiones los nombres de las calles fueron sustituidos por otros, de forma desafortunada cuando tenían matiz político y recordaban a los ganadores; el lugar de Becedo, dibujado por Hoefnaegel, donde estaba aquella ría que separaba ambas pueblas y en donde se construyeron las Atarazanas lleva el nombre de plaza del Ayuntamiento, la travesía del Cubo donde la muralla medieval tenía un cubo y las gentes reconocían ha sido olvidada, la plaza de Pombo que pretendió ser un moderno Santander, ahora es de la Constitución; la cuesta de las Cadenas que recordaba el encadenado que la cerraba, las calles Lepanto, Trafalgar y Bailén homenaje a heróicas batallas contra los entonces enemigos turcos, ingleses o franceses ahora recuerdan a inexistentes heroínas de novela. En este orden de cosas el marinero Puerto Chico, el Muelle, la Machina y otros lugares se van perdiendo para la memoria. Hace poco leíamos que el santanderino Museo de Bellas Artes, creado en 1909 y que alberga una valiosa colección de pintura y escultura de los siglos XV al XX y de diferentes escuelas, muda en su nombre y en su espíritu para titularse ‘Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria’. Y no llegamos a entender el motivo del cambio y perdida otra vez de la historia.

Ese patrimonio intangible, el que no se puede tocar por inmaterial pero que está en las emociones y en las sensaciones, que ayuda a conformar la identidad de una comunidad, debe ser cuidado y tratado con respeto pues su pérdida es un perjuicio irreparable, ya que supone olvidar parte de la historia de la vieja ciudad de Santander. Los nombres antiguos de las calles y de los lugares no deben perderse, a capricho de nadie, pues forman parte del Patrimonio colectivo a proteger.

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