Torrelavega 1910:gran acontecimiento taurino con la cuadrilla de niños sevillanos

 

El día 10 de julio de 1910, hace un siglo, Torrelavega tenía, escasamente, 9.000 vecinos. En aquella fecha supuso una pequeña revolución el hecho de que vinieran a torear, a la recientemente nombrada ciudad, la famosa cuadrilla ‘Los Niños Sevillanos’, de la que formaban parte José Gárate ‘Limeño’ y José Ortega ‘Gallito III’, actuando como sobresaliente, Francisco Díaz, ‘Pacorro’. Los carteles anunciaron la lidia de «cinco hermosos novillos». Para conseguir esta corrida en Torrelavega, se formó una comisión que presidió el que era entonces alcalde de la ciudad, don Florencio Ceruti, Barón de Peramola, quien se desplazó hasta Salamanca con el fin de comprar las reses que habrían de lidiarse el día 10 de julio de 1910. Le acompañó en el viaje su hijo José Luis Ceruti. El traslado se motivó por el temor a ser engañados, si se compraban las reses ‘a distancia’, por lo que ellos mismos hicieron las veces de veedores.

Estos novilleros, de entre 13 y 15 años de edad, provenían de la Escuela Sevillana, que había sido fundada, en 1831, por el Rey Fernando VII, quien puso al frente de la misma al entonces octogenario, Pedro Romero. De aquella Escuela salieron grandes toreros y en ella nació el grupo ‘Los Niños Sevillanos’. No había otro comentario en la flamante ciudad de Torrelavega que el porte de los novillos que iban a lidiar los jóvenes toreros. Los animales fueron adquiridos en la finca salmantina de don Juan Carrerós y estaban dotados «de gran trapío y finura», como dejaron escrito, hace un siglo, los entendidos, debiéndose el relato de la corrida a la pluma del insigne torrelaveguense, don Serafín Fernández Escalante, médico en la ciudad, y gran aficionado taurino, a quien tuve el honor, siendo yo un chaval, de escucharle, y aprender de su sabiduría taurina, en las tertulias del desaparecido bar Roxi, situado en la plaza Baldomero Iglesias, cuna, hace más de medio siglo, de la Peña Taurina Torrelavega.

‘Los Niños Sevillanos’ eran, entonces, un gran acontecimiento taurino. El sueldo de los jóvenes novilleros era de diez reales por corrida, más una peseta para tabaco. Estos toreros-niños llegaban a nuestra ciudad, precedidos por los éxitos que habían alcanzado en importantes plazas españolas y del sur de Portugal.

Es reseñable la anécdota de que, días antes de celebrarse aquella corrida, el día 10 de julio de 1910, llegaron a Torrelavega las cuadrillas de los toreros, y en una de ellas, el picador Enrique Serna ‘Cigarrón’. Contaba Joselito en sus memorias que fue en Torrelavega, a instancia de este varilarguero, cuando se afeitó la incipiente barba por primera vez, y lo hizo en la barbería del torrelaveguense, señor Pacheco.

La plaza de toros donde debía darse el festejo, fue montada en una finca, propiedad de los señores Sáinz, situada en la margen izquierda de la entonces carretera a Tanos, justo al tomar la primera curva al iniciar el ascenso a este pueblo, que por cierto, a su manera, sigue conservando las tradiciones taurinas en Torrelavega.

La tarde de la lidia, un domingo, fueron cientos los vecinos de la ciudad que llegaron hasta la plaza a pié, otros, los más potentados, en carruajes, provenientes, tanto de Torrelavega como de pueblos limítrofes, incluidos, los capitalinos.

La música del encierro corrió a cargo, nada menos, que de la Banda de Música del Regimiento Valencia de Santander. Corrieron las llaves dos vecinos de Torrelavega: Manolín Bustamante y Horacio García, quienes, para la ocasión, montaron dos soberbios caballos de raza española, de los que, por cierto, estos días hemos visto en nuestra ciudad, hermosos ejemplares. Los caballos se llamaban ‘El Bomba’ y ‘Lucero’, y les asesoró un extraordinario jinete de Torrelavega, de principios de siglo, don Alfredo Hidalgo (por cierto, bisabuelo de la periodista y crítica taurina, Nieves Bolado), quien también, frecuentemente, corría las llaves en los principales encierros de la provincia. Los precios de las entradas dejan huella de la importancia que tuvo aquella corrida. En sombra, valía el palco completo, 40 pesetas, seis la barreda, cuatro la contrabarrera, tres pesetas y media la primera fila del tendido, y el resto, tres pesetas. En sol, bajaban los precios casi a la mitad.

Las crónicas recogidas entonces nos relatan que el primer toro, negro bonito, para Limeño, resultó manso, que saltó cuatro veces al callejón, y al que mató de un estoconazo. El segundo de su lote, fue Lucero, un berrendo en negro, calceto, al que dio una buena tanda con la capa.

Joselito ‘Gallito III’, que tenía entonces quince años, sufrió un pisotón de su primer morlaco, lo que no le hizo echarse para atrás y demostró que, a pesar de ser casi un niño, iba para maestro. En su segundo novillo, un berrendo castaño, averdugado y abierto de pitones, le dio una ejemplar lidia. De hecho, la cabeza del animal, se disecó y estuvo expuesta en el bar Roxi, del que era propietario don Fernando Rodríguez, ‘Nandín’, quien cuando cerró su establecimiento se la llevó a su casa familiar de Villabáñez, en Valladolid. Finalmente, el sobresaliente, ‘Pacorro’, con 13 años de edad, que no podía matar debido a su extrema juventud, obtuvo el permiso del señor Ceruti, y logró dar el pasaporte al animal con más valentía que arte. Finalizada la corrida, comenzó a llover como sólo llovía de antes.

Fue tal el éxito de la presencia de ‘Los Niños Sevillanos’, que al año siguiente, en 1911, fueron contratados para la plaza de toros de Santander; al menos, en aquella ocasión, y hablando de toros, le pisamos el acto a la capital, a pesar de que ésta tenía un coso fijo y de empaque.

JULIO DOMÍNGUEZ ES AFICIONADO A LOS TOROS, DIRECTIVO DE LA PEÑA TAURINA Y COAUTOR DEL LIBRO ‘HISTORIA DE LA AFICIÓN TAURINA EN TORRELAVEGA’

 

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