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17 junio 2021

El trío «La Felucha»

 
En 1900 ya había un trío en Santander que se hacía eco de las músicas «de moda» que llegaban desde La Habana y desde Santiago de Cuba a través de los marineros al puerto santanderino.
El trío «La Felucha», formado como digo en 1900 por Benítez, Manolo Vega y Manolo Hevia, se dejaba ver por todos los bares y posadas de la zona del puerto santanderino, atestados de jóvenes montañeses que llegaban desde sus valles con la ropa de Domingo, esperando el visado para embarcar a América, que se mezclaban con marineros de los muchos cargeros que traían azúcar y se llevaban harina y galletas ( aún hoy se escucha en La Haba la expresión «esto es harina de Castilla») o traían madera y se llevaban clavos y alambrón producidos en Cantabria. Este es, ciertamente, el trío de la fotografía, obtenida en Santander en 1900.
De este modo, los tres músicos de «La Felucha» se mezclaban entre el sórdido gentío de jóvenes montañeses que esperaban embarcarse, guardando en la faltriquera y ocultos los pocos ahorros que sus madres les dieron para los doce días de travesía, indianos con sus blancas guayaberas y sus sombreros de ancha ala, marineros, soldados aún maltrechos de la reciente repatriación de Cuba, prostitutas, vendedores ambulantes, viajeros de comercio, estibadores sucios aún de acarrear carbón para los vapores, pescadores que entraban a tomar un blanco antes de salir a faenar en la noche cerrada, criadas que servían en las modernísimas casas anexas al muelle Calderón que no se aventuraban a entrar en el café y que se quedaban junto a la puerta esperando escuchar a los músicos mientras recibían los embites de jóvenes empleadillos de comercio y de banca y de estudiantes del prestigioso Instituto con ganas de divertirse… llenaban los muchos cafés- concierto ávidos de escuchar la música que en directo les ofrecían un pléyade de cantantes de montañesas, actores, tonadilleras, cantaores flamencos, bailarinas más o menos descaradas, o la ocasional intervención de algún marinero que, guitarra en mano, entonaba estilos románticos nunca escuchados en esta orilla del Atlántico.

 

 

Al marinero mulato cubano que guitarra en mano se había subido al tosco escenario de madera de la taberna donde entraron Benítez, Vega y Hevia para cantar una canción dedicada a una guapa indiana que había entrado a comer algo en la taberna junto a su hermano, esperando embarcarse en el mismo vapor que les conduciría a Santiago de Cuba, apenas se le escuchaba entre las risas de un grupo de marineros que se contaban historias de puertos lejanos como Mindanao o Cebú, en Filipinas, adonde partían mañana.

 

 

– ¿qué es eso que cantas? – le increpó un joven de cuello almidonado asomándose por entre el grupo de amigos que compartían una jarra de vino desde una mesa – ¡cántalo más fuerte, hombre, que te oigamos todos! ¿o es que ya no os quedan fuerzas a los cubanos después de hacernos la vida imposible allí?.

 

 

– es un bolero, señor- respondió tímidamente el marinero mientras se ajustaba el pañuelo blanco que llevaba al cuello y que hacía destacar aún más su tez morena. – Se canta mucho en Santiago de Cuba, en las noches en que los trovadores salen a cantarle a la puerta de una guapa muchacha hasta que se asoma a la ventana ( si la deja su madre).

 

 

– ¡Pues canta ese bolero, hombre, que aqui no hay madre que te tire una palangana de agua a la cabeza desde la ventana! – le increpó otro joven desde el grupo, entre las risas de los compañeros.

 

 

Y el joven marinero, se sienta guitarra en mano y retoma la canción mirando de nuevo a la guapa montañesa que, tímida, se arrima a su hermano en la mesa, bajando la cabeza cubierta por un pañuelo de vivos colores:

 

 

» Tristezas me dan, tus celos mujer

 

profundo dolor, que dudes de mi

 

no hay pena de amor que logre entender

 

cuanto sufro y padezco por ti… «

 

 

– ¡¡ Silencio !! – increpaba con gestos desde la mesa el joven del cuello almidonado a los marineros del fondo de la taberna. – ¡ que no oímos!-

 

Y el mulato se yergue altivo, sabedor de que la chica le está escuchando embelesada, mirándole de soslayo mientras de lleva la servilleta a los labios. El marinero sigue cantándo el bolero, mirándola con cierto descaro.

 

 

«La suerte es adversa conmigo

 

no deja ensanchar mi pasión

 

un día me diste un beso

 

yo lo guardo en el corazón»

 

 

– no le falla una- comentaba con sorna uno de los marineros que estaba junto a los tres músicos de «La Felucha». – Es cantarles un bolero a las muchachas y las tiene en el bote. No hay travesía que no se eche un novia el bueno de Emiliano. Su tío, que también se llama Emiliano Blez, es trovador de esos que cantan boleros en santiago de Cuba, de la cuadrilla de Pepe Sánchez y le enseña los boleros más atrevidos, que este les canta a las muchachas que descubre que se van a embarcar en el vapor para La Habana y Santiago. ¡ 12 días tiene después para conquistarlas con sus boleros, que es lo que dura la travesía ! el jodío tiene novias de toda Cantabria repartidas por toda Cuba.

 

 

– ¿ y cómo dices que se llama este bolero?- le increpa Manolo Vega al marinero charlatán.

 

 

– «Tristezas», se llama. Lo compuso el propio Pepe Sánchez, que es también sastre en Santiago de Cuba. Le hizo algún traje al Teniente General Arsenio Linares Pombo cuando era gobernador en Santiago de Cuba y eso le valió más de un problema con los patriotas cubanos. A Pombo se lo llevaron los norteamericanos preso a América tras la guerra y allí sigue. No era mal tipo y era de aqui, de Santander.

 

 

– Si, pero, ese «Tristezas» no es fácil de cantar – corta al marinero de lengua fácil el bueno de Manolo Vega, que siempre huía del trabajo y al que le daba igual ir con los pantalones llenos de mugre (» son señales de que frecuento mucho los cafés- concierto, como los señoritos: manchas de café, de ron, de melaza…» decía siempre el callealtanero con aire socarrón) – ¿ no hay boleros más sencillos?- y Benítez y Manolo Hevia se miran y dirigen una segunda mirada inquisitiva al marinero.

 

 

– ¿funciona siempre eso del bolero con las mujeres?- le pregunta Benítez, antes de que el marinero abriera la boca, mientras Manolo Hevia echa mano a gorra de plato que llevaba y que le identificaba como empleado de correos, de los muchos que se afanaban en cargar sacar de cartas para todos los destinos de América y que se centralizaban en Santander.

 

 

– Pues claro, Emiliano os enseñará los boleros que queráis. Es como su tío: siempre está dispuesto a enseñar a tocar la guitarra y a mostrar cómo se canta este nuevo estilo de música.

 

 

– Pero ¿ con las mujeres, qué tal? ¿ no son un poco fuertes las letras? ¿no dicen nada ellas? le increpa de nuevo Benítez atusándose la boina con una mano mientras sostiene un laúd en la otra.

 

 

– ¡Qué va !- responde el marinero- ¡ si les encanta la poesía de las letras! ese es el truco de este nuevo estilo: que les habla de amor a las mujeres como nunca nadie les había hablado, y claro, acostumbradas a andar con vacas, les sueltas un bolero y se deshacen. a Emiliano no le falla una.

 

 

– Y Benítez, Hevia y Manolo Vega se miran satisfechos: esa misma noche van a cantarle un bolero a la puerta de Florentina: Benítez a la guitarra con los acordes que le enseñaría el marinero mulato, Manolo Hevia al laúd tocando el pasacalle musical y acompañado por Manolo Vega a la flauta. Benítez ya tarareaba el bolero:

 

 

» Tristezas me dan, tus celos mujer…»

 

 

-¿ y dices que se llama Emiliano? – Le pregunta Benítez al marinero señalando con una gesto de la cabeza al marinero mulato que se había bajado de la tarima para, guitarra en mano, saludar a la guapa montañesa y a su hermano.

 

 

– Emiliano Blez, como su tío. Su amigo Sindo Garay es un figura en esto del bolero, y a los dos les enseñaron los de la cuadrilla de Pepe Sánchez, pero como no es tan guapa como Emiliano, no tienen tánto éxito. Otra cosa es lo de Alberto Villalón, ese si que le saca partido al bolero. el año que viene se marcha desde Santiago a La Habana para cantar boleros en la capital ¡ese si que no para !!

 

 

Y Benítez, Manolo Hevia y Manolo Vega, los componentes de la orquesta «La Felucha» se miran y con un gesto de cabeza, llaman al marinero mulato:

 

 

– Oye, chaval, enséñanos esos boleros…..

 

 

( Los nombres son todos auténticos, incluído el de la orquesta «La Felucha» y por supuesto, el de Emiliano Blez, Pepe Sánchez, Sindo Garay y Alberto Villalón, pero la historia es una invención mía.

 

Pepe Sánchez escribió «Tristezas» en el mes de Septiembre de 1983, siendo la primera partitura de bolero de la historia encontrada hasta la fecha.

 

La Orquesta «La Felucha» existió en Santander en 1900 y la foto es auténtica de sus componentes: Benítez, Hevia y Vega.)

 

Manuel Encabo, Santander.

 

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