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Santander en la «España Negra» de Gutiérrez Solana (II)

La orilla del muelle la constituía una hermosa calle de fincas altas y macizas,todas patinadas por la humedad y la lluvia, algunas venerables por su antigüedad,como la del Gobierno civil y la que hoy sirve de albergue al Banco de
España; pero entre todas se destacaba la que mandó construir mi tío D. Antonino,llamado el Pasiego, a su regreso de Méjico; es una enorme y cuadrada casa de piedra sillería, desde los cimientos al tejado; en la azotea tenía un juego de bolos,que hubo que suprimir por temor a que alguna bola perdida fuera a caer.Sobre la cabeza de algún transeúnte.

Estas viejas casas del muelle tenían unas hermosas vistas: por un lado la bahía en toda su extensión, y por la parle posterior la plaza de la Libertad, en cuyo centro había un quiosco de música, que no tardaría en ser sustituido por la estatua de los héroes de la libertad, Daoiz y Velarde,que ya desmontada de la plaza del Pescado espera su colocación. Aquí tocaba la banda municipal y cantaba el Orfeón Montañés trozos escogidos de los valses de Baudofil, sobre las olas, los aires montañeses, trozos de ópera y zarzuela ya en desuso; en fin, toda esa música que ha oído una generación de santanderinos durante las mañanas y tardes de los días de fiesta y en las noches de verano y de ferias.


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