Toros y literatura…

…foto del estreno en Santander en 1928 de Zayas, la obra teatral de Ignacio Sánchez Mejías.


Con la debida precaución, muchos consideran al diestro sevillano el promotor más eficaz de la Generación del 27. Afecto como era a la costumbre cultural, no hay duda de que, sin su presencia, ese grupo de poetas hubiera perdido un elemento aglutinante de indiscutible magnitud. No obstante, a la hora de hacer balance de su biografía, hemos de comenzar por ese planeta de los toros, utilizando así un feliz concepto inventado por Díaz Cañabate.

Comienza este relato en Sevilla, el 6 de junio de 1891, pues tal es la fecha de nacimiento de nuestro personaje. Hijo de un médico y hermano de otro, Ignacio parecía, desde niño, encarrilado a continuar esa dinastía de galenos, pero una voluntad aventurera le llevó a engañar a los suyos, fingiendo que iba a estudiar la carrera, cuando en realidad se disponía a embarcar de polizón rumbo a las Américas.

Aunque al principio lo emplearon en México en tareas de escaso lucimiento, el destino lo llevó hacia el terreno taurino, y tras debutar como banderillero en la plaza de Corelia, regresó a España con todas las ambiciones de un orgulloso matador.

Su estreno en la madrileña plaza de Las Ventas fue el 13 de septiembre de 1913. Muy oportunamente, lidió en esta ocasión novillos del ganadero y poeta Fernando Villalón, conjuntando de ese modo las dos pasiones que habrían de guiarlo en el futuro.

Al fin, Sánchez Mejías tomó la alternativa el 16 de marzo de 1919, en Barcelona.

Su padrino fue el genial Joselito y actuó de testigo otro prodigioso personaje, Juan Belmonte. Añadamos un detalle singular: cerrando uno de esos ciclos melodramáticos que suelen darse en la fiesta brava, el 16 de mayo de 1920 Ignacio dio muerte a Bailaor, el toro que momentos antes había corneado fatalmente a Joselito.

En 1927 el torero hizo pública su retirada, con el deseo de consagrarse a la escritura. Entre sus iniciativas, figura el homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla, donde agasajó a ese grupo de jóvenes poetas que darían un vuelco a las letras hispanas.

Aclara el periodista Antonio Burgos que el acto en cuestión no se celebró en el Ateneo, sino en el salón de actos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, privilegiando en el homenaje a los autores venidos de Madrid, quedando en segundo término los sevillanos.

Aunque la cuestión acumula otras polémicas, lo cierto es que el camino personal del torero toma desde aquí un nuevo rumbo.

Cultivó la amistad de Federico García Lorca y de otros intelectuales, amplió sus lecturas y estrenó su primera obra teatral en Madrid, Sinrazón (1928).

La segunda pieza de don Ignacio para la escena, Zaya, fue representada en el Teatro Pereda de Santander, durante esa misma temporada. Aún llegó a escribir otros dos dramas: Ni más ni menos y Soledad.

En su excelente biografía del torero, Antonio García-Ramos y Francisco Narbona subrayan que “de ninguna manera quería que su acercamiento al teatro, su aventura como autor teatral, hiciera creer a nadie que deseaba aprovecharse de su fama y de sus éxitos en el planeta de los toros. Y esto, aunque él dijese que no era nostalgia de sus tardes triunfales en los ruedos de España y de América, que ciertamente no lo era, condicionaba su existencia” (Ignacio Sánchez Mejías, dentro y fuera del ruedo, Madrid, Espasa Calpe, 1988, p. 162).

A pesar de este ejercicio literario y de su interés por dignificar la cultura popular andaluza, Sánchez Mejías pronto sintió que su vocación verdadera, la tauromaquia, lo forzaba a salir del retiro.

Por desgracia, el valor y la técnica que lo hacían tan admirable no le sirvieron ante el toro Granadino, negro y bragado, que corneó al diestro el 11 de agosto de 1934 en Manzanares (Ciudad Real).

Dos días después, moría en Madrid y entraba de lleno en la mitología taurófila.
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