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16 octubre 2021

Raqueros llamaban a los chavales que andaban sueltos por los muelles viviendo de lo que afanaban o de cuidar botes y de otros oficios menores. Eran hijos de pescadores que les echaban al mundo en Alta o en la de la Mar, y desde muy temprano cambiaban «el materno hogar por el muelle de las Naos» (Pereda, «El raquero» 19) siguiendo
así una tradición arraigada entre los suyos. La primera descripción del tipo que conozco es de 1823, en «Santander y su puerto», un desdicha de poema de corte neoclásico. Al parecer, hasta poco antes de esta fecha era permitido bañarse desde los muelles y la dársena y los chavales lo hacian desnudos;

A los unos los veo

cruzar a nado la veloz corriente;

a los otros seguir osadamente

las aguas a un batel, o denodados

llegarse hasta los buques de alto bordo
que en medio del canal yacen anclados;

a éste con valor precipitarse

de cabeza a la mar y sepultarse

en su salobre turbulento seno

de peces varios y mariscos lleno.
Zambullirse aquel otro apresurado
en pos de la moneda
que envuelta en un papel le hubo arrojado
el Alcarreño, que asombrado queda
de ver que en un momento
se la saca en la boca muy contento;
inmoble alguno figurando el muerto
sobre el dorso tendido se mantiene;
un otro se entretiene
en fingir que zozobra, o hacia el puerto
se dirige braceando,
por ver pasar la majestuosa nave
que allá por la Horadada viene entrando.
(Boletín de Comercio 25, 27 feb. 1857)

 

Salvador García Castañeda, Los montañeses pintados por sí mismos

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