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16 octubre 2021

El Puertochico de los años 50

 

Viejas machinas de hierro, de madera, de la monja. Recorrer en bajamar los travesaños cubiertos de verdín abriendo los oídos a la jerga marinera de los viejos boteros de antaño, patrones del Stromboli y el Jargueto y todos aquellos esperpénticos botes y barquías que se mecían al Nordeste en la ensenada donde hoy atracan los Reginas.
Viejas estachas con colgajos de verdes calocas. Negras piñas de mocejones en los pilares. Olores inolvidables a bajamar, a basa. Sonidos inolvidables, lejanos en el recuerdo, de una filástica trenzada alrededor de un tolete y el sordo rumor del rosario de la Osa, rascando los fondos de la canal. Nuevos ritos en las largas tardes de verano. Comprar los muergos en el surtidor de Colás, en Puertochico. Comprar un chumbao en Godofredo y, al paso, robarle unos anzuelos (que por estas calendas se ha cobrado con intereses mi gran amigo Pepe, a pesar de los descuentos que me hace). Pescar unos panchos en el muelle mientras llenaban de hielo la pareja de Portales. Bañarme en
la rampa del muro de Puertochico entre pescadores descabezando bonitos y aquellas pléyades de hábiles buceadores, precursores de los nudistas actuales, huyendo a veces del carabinero. (Odriozola, «Tribuna libre.Raqueros»)

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