Santander ante Napoleón: una ciudad tomada, una tierra que no dejó de resistir

 

 

 

Cuando las tropas napoleónicas avanzaron hacia Santander en junio de 1808, la ciudad no cayó tras una gran batalla calle por calle, sino en medio de un derrumbe militar más amplio, marcado por el miedo, la retirada y la urgencia política. El levantamiento cántabro había arrancado con la creación de la Junta Suprema de Cantabria el 26 de mayo de 1808, pero el empuje francés fue demasiado rápido para unas fuerzas locales mal organizadas y escasamente preparadas.

La resistencia existió, y conviene subrayarlo. Antes de la entrada en Santander hubo oposición en los pasos del interior, especialmente en Lantueno y en el puerto de El Escudo, donde los voluntarios montañeses trataron de frenar el avance francés. No fue suficiente. La noticia del enemigo acercándose desató el pánico en la ciudad: se cerraron casas, se amontonaron carros, se buscaron embarcaciones para huir y las autoridades comenzaron a pensar antes en salvar vidas y haciendas que en librar una defensa desesperada.

Santander, por tanto, fue ocupada, pero no rendida en una escena épica de combate urbano. Durante la noche del 22 al 23 de junio llegaron incluso tropas anglo-españolas a El Sardinero para ocupar baterías costeras, aunque terminaron reembarcando al no estar garantizada la defensa. Al mediodía del 23 de junio de 1808, en un ambiente de silencio y desolación, los franceses entraron en la capital. Otras fuentes señalan que la ciudad estaba ya casi vacía cuando se consumó la ocupación.

La segunda gran caída de Santander llegó pocos meses después. La derrota española en Espinosa de los Monteros, los días 10 y 11 de noviembre de 1808, decidió la suerte de la plaza. Las tropas españolas evacuaron la ciudad y, el 17 de noviembre, Soult entró sin obstáculos. De nuevo, la escena no fue la de una gran batalla en sus calles, sino la de una ciudad abandonada por la presión del ejército invasor y por el hundimiento del frente defensivo.

Pero reducir la historia de Santander a una ocupación pasiva sería un error. Entre 1809 y 1813, la ciudad y su entorno vivieron en una inestabilidad constante. Las acciones de Ballesteros, Porlier y las partidas guerrilleras dificultaron las comunicaciones francesas y obligaron a evacuar Santander en varias ocasiones. La ciudad fue tomada, sí; dominada del todo, nunca con facilidad. En ese contraste está quizá la verdad histórica más precisa: Santander no fue escenario de una gran batalla urbana, pero sí formó parte de una guerra tenaz, prolongada y profundamente vivida por toda la provincia.

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