En la jornada de reflexión: La Europa que queremos

Robert Schuman

Schuman y Adenauer, De Gasperi y Monet son nombres señeros en la historia del proceso de una Europa unida. Todos ellos tenían en común, a parte de su europeidad, su fe católica desde cuya vivencia comprometida sentaron las únicas bases realistas para una Europa no del euro ni del dinero, no de las patrias ni de los sistemas políticos, ni de los intereses sino una Europa del hombre, del espíritu.
Fue Robert Schuman un cristiano y un católico ferviente. A los ojos del historiador, sus ideas, como hombre de Estado, y su hacer político no pueden ser separados de sus creencias espirituales. Ministro francés de Asuntos Exteriores, lanzó en 1950 el gran proyecto, fuente manantial de la nueva Europa y punto de partida de la Unidad Europea. Su celebrada Declaración de 9 de mayo de 1950 será la piedra angular de los Tratados internacionales instituyentes de un primer mercado común (Comunidad Europea del Carbón y del Acero) y, después, del Mercado Común general (Comunidad Económica Europea). Desde entonces, nuestra Europa occidental permanece fiel a estos fines, gozosa incluso, por decirlo así, de estos ideales y objetivos comunitarios, potenciados hoy y con perspectivas más amplias.
Recordemos ahora que a la época, finales de los 40 y comienzos de los 50, como era bien sabido, el futuro de Europa era imprevisible. Con la guerra fría librándose en pleno furor, las fatales palabras tercera guerra mundial no eran extrañas a nadie. Europa, entre la rivalidad USA/URSS, era una zona agitada del mundo. ¿Se hundía Europa, una parte principal de la civilización? Hacia 1950, surge el genio europeo. Partió de Francia, de Jean Monnet, el planificador, y de Robert Schuman, el político, un hombre que era además de letras, un bibliómano y de convencida fe. A él correspondió concretar, desarrollar y publicitar el gran diseño.
El plan Schuman, materializado en el tratado de París, al año siguiente, representaba un eficaz instrumento de unidad occidental. Como profetizando, afirmaba este propósito: Colocará los primeros cimientos concretos de una Federación europea indispensable para preservar la paz. Por otro lado, este concepto de unidad representará también un instrumento de disuasión frente a las amenazas y presiones que venían del Este, de la Unión Soviética en primer término. Y, finalmente, la propuesta contenía de modo explícito un espíritu de concordia y de reconciliación con Alemania, es decir, con la República Federal alemana. Sobre esta base, añadía, la guerra entre nosotros será no sólo impensable sino materialmente imposible.
Sobre la personalidad de este hombre de Estado, dicen sus biógrafos que las persecuciones religiosas en España durante la guerra civil causaron en su ánimo honda impresión. Dimitió por ello del Partido Demócrata Popular, ala social católica avanzada, al desaprobar los informes de su Secretario General hacia la República española. Durante la segunda guerra mundial, Schuman será detenido por los alemanes, evadido luego y militando en la clandestinidad. Después de la victoria, retornará a la política y a las esferas ministeriales, cumplidos ya los 60 años.
Medio siglo después, al recordar momentáneamente esta noble figura de la vida política europea, con mucho de Quijote en lo físico, y en el espíritu asimismo un soñador, acuden también a la memoria otros grandes hombres de Estado y de la democracia cristiana, como Adenauer, De Gasperi y tantos otros de aquella inolvidable generación egregia. Cabe preguntarse ahora si proseguirá Europa en esta ambiciosa línea de unidad cara al nuevo milenio, y si se seguirán invirtiendo esfuerzos denodados por una Europa unida, democrática, amante de la paz, ecuménica, abierta al mundo… Ojalá sea así.
Alberto J. Lleonart Amsélem

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