Los montañeses abrieron las primeras tiendas de vinos, comestibles y frutas secas en Jerez en el XVIII

Había tiendas de montañeses en las que por una puerta despachaban vino y por otra únicamente comestibles. Otras se dedicaban exclusivamente a la venta de frutas secas.

Publicado en www.diariodejerez.es

La gran emigración de montañeses a Jerez y a otros muchos pueblos andaluces, tuvo lugar en el siglo XVIII. Y como dicha colonia estaba compuesta por gente realmente emprendedora, apenas llegaban se hacían con un local en cualquier esquina y, poco después, habrían al público una tienda de comestibles, en las que generalmente también vendían vino por vasucos, despachado directamente de pequeños barriles, con su correspondiente tapa; consistente ésta en un pequeño trozo de bacalao o de chacina, colocada sobre un pequeño papel de estraza y puesta encima del vaso. Y porque el papel tapaba, de ahí viene lo de «tapa», que hasta principios del siglo XX no empezaría a servirse sobre un pequeño platito, cuña o concha.; anunciándose al público como «suculentos platitos para hacer boca».

Como circunstancia curiosa, digamos que, en principio, los mostradores de dichas tiendas, o tabancos, se habían colocado fuera del local, en plena calle, hasta que esta costumbre fue prohibida a finales del XVIII y obligados los dueños a meterlos dentro, abriéndose entonces dos puertas, una para el vino y otra para los comestibles, con objeto de que las mujeres no pusieran reparos a pasar junto a los bebedores que pararan en la taberna.

También fueron los montañeses los primeros que abrieron en Jerez tiendas dedicadas exclusivamente a la venta de frutas secas. Hoy llamados frutos secos. La primera de todas las que hemos encontrado, aparece establecida en el año 1763, en la plaza del Arenal, en casa de la propiedad de José Bernard, donde se dice que «vive con Tienda de Fruta Seca Joaquín Alonso, de cincuenta años, casado en las Montañas, sin hijos; tiene un mozo, Marcos Palacio, de veintiún años, casado en dichas Montañas, sin hijos y en dicha tienda vive también Joaquín Ruiz, de doce años, soltero». O sea, que la citada tienda de frutas secas estaba atendida por tres personas: su dueño, un mozo y un chicuco. Y posiblemente, al menos el mozo y este último, dormirían debajo del mostrador, como era costumbre de los montañeses jóvenes, hasta que conseguían reunir un pequeño capitalito, con el que abrían entonces, su propia tienda.

Otra tienda de frutas secas estaba situada en la calle Lancería, número 2, en finca propiedad de Pedro Riquelme, donde «vive con Tienda de Fruta Seca, Lucas de la Torre, de veintiocho años, casado en las Montañas, sin hijos, y Francisco de la Plata, de doce años».

Así podríamos seguir citando numerosas tiendas de frutas secas – o frutos secos, en masculino, como se dice ahora -, establecidas en los distintos barrios jerezanos. En 1829 encontramos otra tienda de fruta seca y taberna, en la calle Letrados, de la que era propietario o encargado, José Pérez de la Sierra; contando el local con un cuarto interior, para reuniones de los parroquianos.

Según estadísticas de la primera mitad del siglo XIX, el promedio de consumo de vino a granel, en los tabancos y tiendas de montañeses, venía a ser de alrededor de cerca de cinco mil botas anuales. O sea, de unos dos millones y medio largos de litros; sabiendo que la bota jerezana hace treinta y cuatro arrobas de dieciséis litros. Y debido a la gran proliferación de tales negocios, el ayuntamiento se propuso el ordenamiento de los mismos; obligando a sus propietarios, montañeses en su mayoría, a meter dentro los mostradores y a dividir lo que eran tiendas mixtas, para despachar por una puerta el vino y por otra los comestibles.

Pero, a pesar de tan polémicas divisiones, aún existía quien trataba de saltarse a la torera todas las ordenanzas municipales, referentes a dichos despachos; porque se sabe que a denuncias de los PP. Dominicos, en la tarde del día 15 de febrero de 1801 se personó la ronda que celaba la tranquilidad del vecindario, en una tienda de montañés ubicada en la calle Larga, esquina a la Puerta de Sevilla, frente a la fachada principal del templo de Santo Domingo, debido a un fuerte alboroto que se había suscitado en la misma, sorprendiendo al mozo de la tienda que, en aquél preciso momento, se encontraba despachando vino, en el mostrador destinado a tienda de frutas secas; siendo sancionado con multa de dos ducados.

Como hemos comentado, la mayoría de las tiendas de los montañeses, fueran de vinos, comestibles o frutas secas, se establecían, mayormente, en esquinas de calles muy transitadas; y así por ejemplo encontramos, a finales del siglo XVIII, una tienda de estas en la Lancería, esquina a la calle Algarve; y otra, en la misma Lancería, esquina a la Corredera; otras en todas las esquinas de la calle Arcos; y en las calles Medina, Naranjas, Bizcocheros, Caldereros, Pajarete, Clavel, Sevilla, Guadalete, San Cristóbal, Pozuerlo, Plazuela de Vargas, etc. Hasta un total de unas sesenta tiendas de montañeses.

Medio siglo antes, según una estadística municipal de oficios, ya se habían contabilizado «cincuenta tenderos de fruta seca, vino, vinagre y aceite, con un total de sesenta y nueve mozos a su servicio».

Curiosamente, ya en el siglo XX, hubo una conocidísima tienda de montañés, en la calle Medina, esquina a la de Prieta, conocida por la tienda de «El Cristo», propiedad de Manuel Bejarano Lara, donde por una puerta despachaban ultramarinos y coloniales, así como embutidos y chacinas de todas clases; mientras que por la otra expendía vino embotellado de todas las primeras marcas, a cinco pesetas la botella y a 2,50 la media.

Otra tienda, conocida por «Las Antillas», hubo en la calle Porvera 25, mixta de comestibles y vinos. Pero quizás la última tienda de montañés, verdaderamente importante, fuera una que existió durante muchos años del pasado siglo, en la calle Cerrofuerte, esquina a la de Martín Fernández; llamada «Nuestra Señora de las Nieves», propiedad de Emilio Muñoz de la Rosa, que era al mismo tiempo, almacén de comestibles, estanco y despacho de vinos .

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