La buena música: María Dolores Pradera

María Dolores Pradera, toda la vida.
Como una diosa sin edad, fuera del tiempo, uniendo generaciones en los sentimientos que no cambian, María Dolores Pradera acaba de editar una antología general de sus poemas. No me he equivocado ni me he metido en dirección prohibida. Aunque formalmente se trata de un disco, un doble álbum que le llaman, María Dolores Pradera en realidad dice poemas más que interpretar canciones. Como aquella hija de don Juan Alba de su tanguillo, “dicen que canta canciones de sus amores de moza”, pero mal la conocen quienes tal afirman. Utilizando músicas y letras como una pluma de plata, María Dolores, que se mueve mejor que las olas entre las canciones que llegan al corazón porque del corazón salen, ha ido escribiendo el largo poema de “Toda una vida”. ¿ Toda una vida o toda la vida es lo que nos ha ofrecido esta María Dolores de toda la vida?
Decir el poema… Lo suyo es un personal mester de juglaría poética. Hay quienes gritan las canciones, incluso quienes las saltan y las interpretan casi gimnásticamente. Me estoy acordando ahora de alguna que otra folklórica andaluza que se cree Ana Magnani y que como no se golpee el pecho, no pegue dos botes en el escenario, no se lleve las manos a la cabeza como para arrancarse los pelos, es que no hay forma de que diga el cuplé que se trae entre los labios. Y me estoy acordando ahora de otra gran señora de la canción, con la que personalmente enlazo siempre el delicadísimo estilo de La Praderita. Me estoy acordando de Doña Concha Piquer, que también decía los versos más que cantaba las canciones, y que me aseguró una noche en Sevilla:
— Burgos, esté usted seguro: se canta con la cabeza…
María Dolores canta con la cabeza y canta con el corazón. Ha recreado un mundo con temas que en la mayoría de las ocasiones no fueron escritos para ella, y que antes tuvieron otros intérpretes, pero que andando el tiempo y andando la memoria y los sentimientos, parece que no hubieran sido posibles sin su voz, ternura, equilibrio, delicadeza. Quizá esos letristas, esos compositores, estaban pensando, sin saberlo, en María Dolores Pradera cuando hacían esos monumentos de creación popular. ¿ O acaso Chabuca Granda no estaba pensando en la Pradera cuando del puente a la alameda derraman a los olores coloniales e indianos de La Flor de la Canela? Para mí que Belisario Pérez y Margarita Durán pensaban en ella cuando en Amarraditos creaban ese mundo de jazmines en el ojal, cocheros que esperan a la puerta de la iglesia mayor y saludos tocando el ala de sombreros imposibles. Seguro que Mario Cavagnaro pensaba en las manos de María Dolores para los amores imposibles de El rosario de mi madre, que lo nuestro nos lo siguen enviado cualquier tarde, fina estampa de las barandillas del puente, donde preguntamos de dónde son los cantantes cuya memoria nos queda en un rincón del alma.
Ahora que leo sus poemas completos, sus obras escogidas, en el sonido de los rincones del escritorio, compruebo que María Dolores creó un mundo a ambos lados de la mar oceana que siente en español. Ha sido una embajadora de España, un Instituto Cervantes en sus largos años americanos. Y también ha sido como un galeón de la Carrera de Indias que nos ha traído en los hondones de su memoria todo el tesoro de la música popular hispanoamericana de las últimas décadas. María Dolores de ida y vuelta, como los cantes flamencos que anduvieron de un lado a otro de la mar, las milongas, las colombianas, las guajiras, mucha España en América y mucha América en España. Que las guitarras de Los Gemelos, punteo y son, charango y quena, requinto y plena, fueron siempre para ella como las torres gemelas de la fachada de una catedral colonial alzada sobre calles de barandales de caoba y mecedoras entre quencias, flamboyanes y bouganvillas. Con la intencionada belleza de la selección de su repertorio, María Dolores Pradera ha hecho más por la común cultura de nuestros pueblos hispanos que muchos organismos oficialmente dedicados a la cuestión con tan lamentables resultados. Adelantó con los balduques de la belleza en su momento, a toda la burocracia de juegos florales del Instituto de Cultura Hispánica y adelanta ahora por el corazón al Instituto de Cooperación Iberoamericana. Tenemos una idea de lo hispánico en el mundo de sus canciones mucho más didáctica y verdadera que gruesos tomos que cuesta un dineral editarlos y que luego nadie lee.
( Y si alguna autoridad tengo para decir cuanto escrito queda, me la da una canción que escribí, a la que puso música Carlos Cano,.y que de verdad no existió hasta que María Dolores Pradera la señaló con ese dedo de diosa de Capilla Sixtina con que levanta monumentos musicales en la memoria. No lo sabíamos, pero Carlos Cano y yo, cuando estábamos escribiendo las Habaneras de Cádiz, nos estábamos dejando llevar por el rumor de olas entre España y América del modo de decir las canciones, la vida, que tiene esta gran señora. Gracias, María Dolores, por haber dado toda una vida, sencillamente la vida, a las canciones de la memoria del corazón.)
Antonio Burgos.
Tomado de http://www.antonioburgos.com/epoca/825/burgo514.html
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