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La milla de la piedra

La milla de la piedra 
Javier Menéndez Llamazares, www.eldiariomontanes.es 
Foto: Andrés Fernández
Otros se conforman con su Gran Vía, sus Campos Elíseos o su Broadway; aquí, a falta de oro, disfrutamos de nuestra particular ‘milla de piedra’. En el vuelo de una gaviota, la piedra aflora desde este campanario hasta el Palacio de Festivales, en la vieja grúa y a lo largo del paseo, en la fachada de las antiguas casas del Muelle, hoy convertidas en objeto de deseo y símbolo de prosperidad.
Desde lo alto de la catedral, junto al hierro fundido de las ‘campanas del milenio’ -sólo la llamada ‘Santos Mártires Emeterio y Celedonio’ pesa más de mil seiscientos kilos-, se rinden a nuestros pies los cuatro elementos de la ciudad de Santander: la tierra con la que se rellenó la bahía, el agua que la circunda, el aire que sopla postergando la tormenta, y el recuerdo del fuego que un día abrasara esta capital antigua, hurtándole las huellas de su pasado, y de cuyas cicatrices apenas queda ya rastro, si no es que los barrios bajos y los barrios altos hayan trastocado aquí su significado.
La última vez que visité este templo acompañaba a Julio Llamazares, inspector de rosas pétreas. Fascinado más por El Cristo -para él, ‘la cripta’-, le había dedicado una veintena de páginas en su último libro. Juntos buscamos los recuerdos de aquel viaje: una pila árabe de alabastro y un sacristán discreto. No dimos con ninguna de ellos; a cambio, saludamos a don Marcelino, que reposa entre estos muros, y paseamos luego Pereda abajo, descubriendo en cada travesía a los más queridos personajes montañeses. Cuánta literatura en tan pocos pasos. Este promontorio, más propicio quizás para una fortaleza, es la sede del poder espiritual de la ciudad. Desde su posición de privilegio, domina a todos los demás poderes: el terrenal de la Porticada, el económico de los grandes comerciantes del centro y el popular, que en unas horas tomará la zona para festejar la vida con blancos y rabas. Pronto, además, el poder financiero dejará también su impronta en el paisaje, con el prometido centro artístico. Para mí, sin embargo, lo inolvidable es algo mucho más sencillo: me basta con ese tiovivo. ¿Qué mayor felicidad que girar en un carrusel, con la vista de Pedreña como horizonte? Sin embargo, en la calle, los escasos peatones se apresuran, antes de que los negros nubarrones descarguen su ración de invierno sobre el corazón de esta ciudad en la que nada es viejo -este rincón ‘de toda la vida’ hace dos siglos ni siquiera existía-, y sin embargo se empeña en conservar un pasado de progreso, en una suerte de decadentismo chic trufado de nostalgia: en todas las conversaciones alguien recuerda que «mi abuelo tuvo. o «mi padre era.», como pretendiendo ignorar cuánto se han venido a menos. 

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