Casi 100 años después, todo sigue igual…

La «afición» suele pedir TOROS no para presumir de buen aficionado, sino porque la verdad no tiene más que un camino y la sinceridad, carece de encrucijada, habré de declarar, franca y paladinamente, que de la fiesta, llamada nacional, a mi, lo que más me interesa, lo que más me preocupa y lo primero que leo en los carteles anunciadores de una corrida, es el nombre del ganadero, la vacada de donde proceden los bichos que han de lidiarse. 
Soy—aún cuando esto no le interese a nadie—»aficionado del toro»… 
Los toreros, los lidiadores; sin que esto sea menosprecio para ninguno de ellos, me parecen en la fiesta cosa secundaria. 
Claro está, que entre un Cartel en que figuren, diestros desconocidos, o de aquéllos otros para quienes la fortuna no fué pródiga, por inhábiles o por otras diversas causas, y un festejo taurino en el que alternen nombres de los que se cotizan en primera línea; la elección no puede ser dudosa. 
Y sin embargo, el toro, el toro, es lo más bello, lo más interesante, lo más sugestivo en el marco de una corrida. 
Cuántas veces hemos dicho y liemos oído exclamar en nuestro derredor: 
—¡Lástima de toro ! 
En qué contadas ocasiones hemos celebrado la pericia de un torero, que, obligando y consintiendo logró, hacer de un bicho,marrajo y descompuesto, un toro lidiable… 
Por eso, cuando aparecen en nuestras plazas esos ridículos cartelones que suelen decir «La afición (i !) pide a Zutano a Mengano», sonreimos levemente y decimos siempre: 
La afición debe pedir tales o cuales ganaderías ; la afición debe pedir toros y no bueyes, la afición debe exigir mayor escrupulosidad a los criadores de reses bravas, a los veterinarios, en fin, a todos los que intervienen en ese complicado engranaje de la organización de las corridas en España. 
ARMANDO OLIVEROS, La Fiesta Brava, Barcelona.22 de julio de 1926

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