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23 junio 2021

Santa Lucía y sus devotos ciegos, de Paul Ratier

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La Santa Lucía y sus devotos ciegos, firmada y fechada cerca del ángulo inferior derecho («P. Ratier 1869»), es una obra acreedora a verse contada entre las notables de la pintura religiosa española del siglo XIX. Excelentemente compuesta y dibujada, manejados de forma exquisita luces, sombras y colores, sentidas y equilibradas las expresiones, resulta en su conjunto armónica, sincera, elegante y bella. Dos líneas estéticas primaban a mediados de la centuria entre los pintores hispanos que abordaban creaciones de temática sacra: la extranjerizante, bastante estereotipada y aún más almibarada corriente «nazarena» (piénsese en ejemplos como El entierro de Santa Cecilia en las catacumbas de Roma, de Luis de Madrazo, de 1852 ; Viaje de la Santísima Virgen y de San Juan a Éfeso después de la muerte del Salvador, de Germán Hernández Amores, de 1862; La era cristiana, de Joaquín Espalter, de 1871, etc.) y la que miraba de frente a la riquísima tradición barroca nacional. Es la que sigue de forma decidida y sabia Paul Ratier, como antes habían hecho otros (verbigracia, José de Madrazo en su San Francisco de Asís en éxtasis a los pies de la Virgen, de 1859).
En su varias veces citado trabajo sobre nuestro artista, Manuela Alonso Laza y Miguel Ángel Arambuni-Zabala señalan:
«Estilisticamente, el lienzo de Santa Lucía recoge la tradición del realismo español del Siglo de Oro, en particular de Murillo, tanto en cuanto a los tipos humanos de la Santa, trasunto de las inmaculadas murillescas, como en cuanto a los niños y ancianos ciegos que aparecen en la parte inferior del cuadro.
Asimismo, la iluminación es típica del arte de Murillo, pintor muy estimado a lo largo del pasado siglo, influyendo en la pintura religiosa del momento»
Por cierto que la misma hubo de ser restaurada después de la Guerra Civil, lo que hizo de forma competente Rosario Beltrán de Heredia, copista del Museo del Prado y esposa del que fuera ilustre director de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, Enrique Sánchez Reyes. La actuación vino obligada porque el óleo «sufrió deterioros por haberse quemado parte del lienzo con una vela», según dejó escrito Carmen González Echegaray

Frncisco Gutiérrez Díaz, PAUL RATIER,UN ARTISTA CON LEYENDA

Carmen González Echegaray le dedicó un artículo de prensa en 1988, publicado bajo el título «Era llena de gracia…». En su colaboración decía, entre otras cosas:
«Ahí está presidiendo el altar mayor de nuestra parroquia, Santa Lucía, el antiguo cuadro de la Patrona. Verdaderamente es hermoso. Aparece la santa rodeada de invidentes entre un resplandor que parece desprenderse de ella misma. No lleva en sus manos el plato con los óculos, sino la palma del martirio, y hay una beatitud en su rostro de niña que nos hace recordar aquel verso de José del Río que decía en una estrofa:
‘La santa en sus altares,
piadosa sonreía,
y había en su sonrisa
arrobo maternal.
iOh, santa de mi infancia!,
¡dulce Santa Lucía!,
aún florece el recuerdo
como un viejo rosal…’.
Este precioso cuadro, que actualmente se encontraba en la capilla de Santa María, también tiene su poco de historia. En el año 1868, siendo cura ecónomo de la iglesia -aún sin terminar- don Simón del Campo, lo encargó al pintor Paul Ratier, artista francés al parecer mudo (…).
Ratier recibió el encargo y pintó el cuadro destinado a ocupar el lugar que ahora preside,, aunque no exactamente donde lo vemos, ya que el altar mayor no se había hecho todavía. Lo fue ya en 1872 a costa de don Juan Pombo. La pequeña imagen de la santa que se veneraba en la ermituca de la calle de su nombre resultaba mínima para el suntuoso retablo, y acaso consideraran humilde el cuadro de Ratier puesto que el día 13 de diciembre de 1885 se colocó presidiendo la iglesia una nueva escultura, obra de Jerónimo Suñol, que llamó la atención por su belleza. Fue costeada por la familia Labat, la de Mons, la marquesa de Viluma y don Martín Vial. Su coste ascendió a j2 .000 pesetas! Esta imagen pereció quemada durante la guerra de 1936, en que la iglesia se destinó a almacén de abastos el 13 de septiembre de aquel año.
También el cuadro que nos ocupa sufrió alguna cuchillada y posteriormente la quemadura de una vela, por lo que hubo de ser reparado con el mayor esmero y éxito por la pintora feligresa doña Rosario Beltrán de Heredia, mujer de don Enrique Sánchez Reyes, director de la Biblioteca Menéndez Pelayo. Después de esta compostura fue colocada otra vez en el altar mayor, hasta que se encargó otra talla al escultor don Daniel Alegre, quien se hizo cargo de casi todas las imágenes que habían desaparecido de la parroquia.
Ahora, el cuadro del pintor mudo ha vuelto a ocupar, por tercera vez, su lugar primitivo, con la sugestiva escena de ciegos y lisiados que hacen más emotiva y tierna la presencia de la niña siciliana y traen a nuestra memoria el recuerdo de otros versos de un ilustre poeta americano, Amado Nervo, que decían:
‘Era llena de gracia,
como el Ave María;
quien la vio, no la pudo
ya jamás olvidar…»‘ .

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