La estancia del Príncipe de Gales en Santander en 1623 (II)

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“Cuando estas mujeres venían con grandes baúles sobe la cabeza desde el playazo, a punto de hundirse bajo su peso, hemos visto que a su lado los maridos las miraban; tanto era su orgullo que desdeñaban usar las manos para ayudarlas, cuando casi caían bajo el peso, y toleraban que nuestra gente las ayudara mientras ellos permanecían derechos y reían. Las mujeres de menor suerte que no estaban casadas van todas con la cabeza descubierta, con la coronilla rasurada como los frailes. Sus mangas son todas de lino blanco, y los corpiños y faldas de paño azul oscuro, que está todo abierto por detrás, atado únicamente con un alfiler, de forma que arrastran continuamente la camisa por el suelo. Las de mejor posición adornan sus mangas con lazos. En los días sagrados toda esta gente va desde una cruz a otra ermita, con los rosarios en sus manos, rezando en un lenguaje que no entienden (se refiere al latín) y adorando imágenes mudas. Nunca había visto antes tanto entusiasmo unido a una ciega devoción”.

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