Sixto, el tamborilero municipal

 

Aquel tío Sixto, tamborilero municipal, tan pulcro en el vestir, era una institución musical que causaba admiración en
todos los rapaces de mi tiempo.
Así como la Banda Municipal de hoy recrea nuestros oídos durante las veladas del estío y asiste a toda clase de fiestas populares y religiosas, el tío Sixto era también buscado para amenizar las tradicionales verbenas de San Pedro en la calle Alta y la de San Juan en la Alameda.
Por el cumpleaños de la Reina veíase a nuestro tamborilero al frente de los gigantones, tocando por esas calles de Dios, y por la noche, después de quedar encendidas las luminarias en la Casa Consistorial, otra vez sonaban el tamboril y el pito en la Plaza Vieja para recreo de las gentes, que no eran pocas las que asistían con sus chiquitines a ver las entonces maravillosas luminarias. Era también obligación de este empleado municipal tocar todos los días festivos por la mañana en los portales de las casas habitadas por los señores concejales, y más tarde en los soportales de la casa  de la Libertad y de Puertochico hasta el extremo de los muelas de Maliaño, era un Santander bien distinto a éste de luz eléctrica, de teléfono, de tranvías de vapor y de bicicletas.
Era un Santander cuyas casas no tenían bajadas de aguas, y las pluviales caían desde los tejados, encauzadas por un caño, al medio de la calle, en donde eran recogidas por los vecinos en los baldes de colar y otros recipientes, con el fin de aprovecharlas para servicios domésticos; era un Santander en donde los bandos y disposiciones de la Alcaldía se daban a conocer a los vecinos por medio de pregón que un respetable anciano leía en público despuéde dar unos cuantos redobles en un tambor que al efecto llevaba.
Por cierto que, en una ocasión en que la autoridad local creyó ver en un cantar popular algo que pudiera ofender a la moral pública, nuestro pregonero, después de los redobles de ordenanza, leía en alta voz el siguiente bando:
-Hago saber: (aquí un redoble de tambor) que, bajo la multa de veinte reales… (otro redoble) se prohíben los cantares escandalosos… (más redoble) como aquel de «Síguela que es buena…».
Y al leer este verso, lo hacía con el sonsonete de la canción popular que entonces estaba en boga, acompañándolo con su famoso tambor, mientras los chicos lo coreábamos, bailando alrededor del pregonero y concluíamos la copla cantando
«…síguela que es mala,
síguela que tiene
pelos en la cara».

El Centro Montañés, 1-6-1904

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