Con mucho AR-T: La Roldana

Luisa Roldán, ECCE HOMO. Iglesia de San Francisco y San Eulogio de Córdoba. H. 1684.

Luisa Roldán, La Roldana (1652-1704?), nace en Sevilla en 1652, hija del escultor Pedro Roldán y bautizada con el nombre de Luisa Ignacia. Su padre, observando la inclinación hacia la escultura que manifestaba la niña desde pequeña, le enseñó a dibujar y modelar. Pedro Roldán organizó un amplio taller de escultura que gozó de gran renombre en Sevilla. Estaba relacionado con los mejores artistas de la época, como por ejemplo Juan Valdés Leal, y con las más acaudaladas familias y comunidades sevillanas.
Luisa, pese a la oposición familiar, se casó en 1671 con un aprendiz del taller de su padre, Luis Antonio de los Arcos, pero fue la actividad profesional de la mujer la que sostuvo económicamente a la familia.
Hacia 1686 se trasladaron a Cádiz y dos años después a Madrid con la pretensión de obtener una plaza como escultora real. En la capital conoció al pintor y escritor Antonio Palomino.
En 1692, el rey Carlos II le concede el título de escultora de cámara pero el nombramiento no le supuso grandes ventajas económicas. La situación política, social y económica que atravesaba entonces el país, afectaba a todas las clases sociales. Así, a la falta de los pagos correspondiente de la Hacienda Real por su cargo, se unía el retraso en el cobro de los encargos hechos a la escultora por la nobleza. Esto se aprecia en las cartas que Luisa Roldán escribe al rey y a la reina solicitando, en principio, el dinero adeudado pero más adelante conformándose con pago en especie (alimentos o vestidos) o poder ocupar algunas habitaciones que habían quedado vacías en palacio, lo que indica la miseria extrema que padecía la familia y la inexistencia de aporte a la economía familiar por parte de su marido ni de ninguno de sus hijos que estaban ya en edad de trabajar.
Con la muerte de Carlos II y la llegada al poder de Felipe V, solicita al nuevo rey que le confirme en el cargo de escultora de cámara, hecho que ocurre en 1701. A partir de 1704 no se tiene más noticias de la escultora lo que podría indicar una enfermedad o incluso que hubiera muerto.
En el taller de su padre aprendió las técnicas del trabajo en madera, piedra y barro y el empleo de la pintura, el dorado y el estofado de las imágenes. Su periodo de madurez se caracteriza por una mejor expresividad de los rostros, gracia en las posturas y soltura en los ropajes, alcanzando su estilo en la etapa madrileña un barroco armonioso, expresivo, realista, narrativo y emocional. Inmersa en el ambiente contrarreformista español, su producción escultórica se centra en la temática religiosa representando temas de la Pasión de Cristo, de Jesús Niño, de la Vida de la Virgen, la Sagrada Familia y los Santos.

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