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28 septiembre 2021

Dies Domini 28 de junio de 2009

XIII Domingo del Tiempo ordinario

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se reunió con mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llama Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesús fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.
Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que tengas fe». No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida». Se reían de Él. Pero Él los echó fuera a todos, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi» (que significa: Contigo hablo, niña, levántate). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar -tenía doce años-. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase, y les dijo que dieran de comer a la niña. Marcos 5, 21-43

Comentario

Jesús pasa haciendo el bien y sanando a los enfermos. Si quitásemos de los evangelios los pasajes donde Jesús se acerca, escucha, cura a los enfermos, los dejaríamos muy reducidos. Verdaderamente, Jesús, con su vida y su ejemplo, nos recuerda que los que sufren son el gran tesoro de la Iglesia. Aquel padre se acercó a Cristo, como tantos otros padres, viendo a su hija sufrir. Quizás no existe sufrimiento más angustioso que ver sufrir a la persona que se ama y no se puede hacer nada por ella. Jairo es un hombre religioso, pero que se encuentra como todos, tarde o temprano, con el dolor y la muerte. Acude a Jesús. El sufrimiento es siempre lo que provoca la pregunta más violenta que hacemos contra Dios y sus planes. En el fondo, creemos que, cuando sufrimos, Dios no nos quiere y estamos muy lejos de Él, cuando, precisamente, es todo lo contrario. El gran drama de los que sufren es que le preguntan a Dios: ¿Por qué?, pidiéndole explicaciones que, en el fondo, es «querer ser como Dios». La gran tentación del corazón humano es ponerse en el puesto de Dios, cuando, en realidad, al Señor siempre le debemos preguntar: ¿Para qué?, pues, como les dijo a los apóstoles, «lo entenderéis más tarde».
Él nunca responde a ¿Por qué? Y siempre con la vida, más tarde, responde a ¿Para qué? Aquella niña de 12 años, edad en que se abría a la vida y comenzaba a ser mujer y a tener todas las esperanzas e ilusiones del mundo, parecía que se había tronchado. Sólo hay un camino, la aceptación y saber esperar, porque después del túnel siempre se enciende una luz. Si los arquitectos humanos hacen los túneles con salidas, Dios nos mete en túneles que siempre tienen salidas, siempre existe una luz, aunque sea al final; sólo hay que tener paciencia y vivirlo todo desde el amor de Dios.
Jesús hace el milagro, como hace miles de milagros cada día devolviendo la vida a tantos muertos por el pecado y el egoísmo. Se interesa, nos mira, nos abraza, se palpa que todo lo humano afecta a su Corazón. Sencillamente, nos ama desde la realidad de nuestra vida.
Jesús la tomó de la mano. Como para indicarle su amor por lo pequeño, por lo insignificante. Al instante, se levanta, como Pablo, que para recuperar la vida tiene que ser cogido de la mano, como un niño. La verdadera vida siempre es Jesús, que se hace Vida y Camino para todos los que se abandonan en sus manos. La clave es confiar. Su padre, sencillamente, confía en la fuerza y el poder del Señor. Jesús toma de la mano a la niña y le dice: Talita, kumi (¡Niña, levántate!) En el fondo, siempre que el Señor se acerca a nuestra vida, es para darnos Vida en abundancia. Sólo hay que coger su mano, y su Corazón.

+ Francisco Cerro Chaves
obispo de Coria-Cáceres

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