Flandes, la guerra de nunca acabar

La de Flandes fue la empresa exterior más disparatada, irracional y cara de toda nuestra historia, que no es precisamente corta. No se ganó nada y se perdió mucho. Se dilapidaron toneladas de oro, lustroso y virginal, recién sacado de la mina en Perú para, literalmente, quemar pueblos y aldeas en un remoto confín de Europa que a los naturales de la península nunca le había importado lo más mínimo.
Fernando Girón, un veterano de los tercios, clamaba ante el Consejo de Estado sesenta años después de haberse iniciado la revuelta: «La guerra de Flandes ha sido y será la más larga, costosa, sangrienta e inagotable de cuantas ha habido en el mundo».
A pesar de ello, ni todo el oro de América fue suficiente, porque la incipiente y desastrosa Hacienda de los Habsburgo se vio obligada a declarar sucesivas bancarrotas que dejaron al país hecho un cromo y a sus monarcas una cuadrilla de mendigos. Pero no sólo se fue una fortuna en metálico por el desagüe holandés. La aventura salió carísima en términos humanos, culturales, políticos y de prestigio internacional. Los ochenta años de guerra en un rinconcillo del continente detrajeron cuantiosos recursos que bien podrían haberse empleado en otros asuntos más convenientes. Si alguna vez existió eso que llaman la decadencia española, ésta empezó por Flandes.
El destino de los Países Bajos y el de España quedó fatal y fortuitamente unido a la muerte de Fernando el Católico en 1516. El rey, que estiró la pata en Madrigalejo, un pueblillo de Extremadura del que nadie se acuerda, dejó por escrito que el heredero universal de todos sus reinos sería un nieto quinceañero que había venido al mundo en Gante, un boyante mercado flamenco a miles de kilómetros de allí. El niño, que se llamaba Carlos e iba cargado de herencia, se trasladó a España y después de cuarenta años de zascandileo murió aquí, en Yuste, no muy lejos de donde el abuelo había pasado a mejor vida.
Con Carlos I las provincias flamencas no dieron demasiados problemas, quizá porque, a fin de cuentas, el rey era paisano. No sucedió así con Felipe II, su heredero, nacido en Valladolid, español por decisión y católico por convicción. En 1566 los holandeses, que eran los flamencos del norte –los del sur eran belgas pero aún no lo sabían–, se declararon en rebeldía. Renegaban del soberano y, lo que es peor, renegaban de la fe católica… y hasta ahí podía llegar la paciencia de Felipe II. Vamos, que se pusieron a quemar imágenes por las iglesias de Amberes. No es necesario decir mucho más. La gobernadora y hermana del rey, Margarita de Parma, hizo lo imposible para arreglarlo, pero ya era tarde. Un año después llegó a Bruselas Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, con un ejército bien entrenado, mal pagado y hambriento de botín.
El de Alba quiso dar un castigo ejemplar a los revoltosos instituyendo el tristemente famoso Tribunal de los Tumultos, que fue tan severo en sus penas que los holandeses no tardaron en rebautizarlo como Bloedraad o Tribunal de la sangre. Como suele suceder en estos casos, fue peor el remedio que la enfermedad. Y no por la cantidad de ejecutados, que fueron poco más de mil, sino por la calidad de los mismos. Las cabezas de los dos aristócratas más influyentes de los Países Bajos, los condes de Egmont y Horn, rodaron por la Grand Place de Bruselas y fueron expuestas durante horas para edificación de la plebe allí congregada.
El duque, con intención de finiquitar con presteza la faena, envió sin más demora a sus tercios contra los rebeldes que capitaneaban Luis de Nassau y Guillermo de Orange. En Jemmingen y Jodoigne la resistencia holandesa cayó frente a las armas del que entonces era el ejército más poderoso del mundo. Había llegado el momento de que el rey, recluido en Madrid, buscase la reconciliación final. Pero Felipe no quiso hacerlo y los rebeldes, ocultos en Alemania, se rearmaron. Los tercios, además, salían por un pico y la corona no estaba dispuesta a mantenerlos, por lo que Alba decidió crear un diezmo destinado a evitar que la soldadesca reclamase su salario por otras vías menos pacíficas.
El diezmo reavivó la revuelta que se encontraba en horas bajas. El duque de Alba reinició la campaña arrasando Malinas, Mons, Zutphen y Naarden sin escatimar saqueos y asesinatos. La receta de palos del español era padecida por los rebeldes y bien conocida en Madrid donde intuían que tanta dureza no tardaría en pasar factura. De ahí que en 1573 el rey destituyó al duque y en su lugar nombró a Luis de Requesens, un catalán adornado de «prudencia, buen juicio y virtudes diplomáticas» que había participado en Lepanto y venía de gobernar el Milanesado.
Lo que Requesens se encontró en Flandes fue un vivero de odio y de querellas mutuas. Los holandeses aborrecían de los españoles por invasores y por católicos; los españoles, por su parte, hacían lo propio de los holandeses por razones inversas: por rebeldes y por protestantes. Requesens traía órdenes de llegar a un acuerdo que devolviese las provincias al estado de 1566. El español ofrecía cerrar el Tribunal de los Tumultos y retirar el diezmo a cambio de que se reconociese la soberanía del rey de España y, sobre todo, que los holandeses abjurasen de su protestantismo. El truco, evidentemente, no coló y se reanudó la guerra.
Requesens, incapaz de hacerse cargo de la situación, murió piamente en Bruselas siete meses después de que la Corona se declarase en suspensión de pagos y nueve antes de que se desatase en Amberes la llamada Furia Española. Durante tres interminables días varias unidades de los tercios que llevaban un año sin cobrar se sublevaron metiendo fuego a la ciudad y llenando sus calles y plazas de cadáveres. Al sustituto de Requesens, Juan de Austria, sólo le quedó callar y firmar la pacificación de Gante, por la que los tercios españoles abandonaron Flandes.
Por poco tiempo, eso sí. Dos años después la situación se había complicado de nuevo y Juan de Austria llamó de nuevo a los tercios que se habían retirado a Italia. El gobernador, sobrepasado por los acontecimientos, se refugió en Namur y allí murió de tifus en 1578. Alejandro Farnesio al mando de un impresionante tercio dejó Italia y se internó en el Camino Español para auxiliar a lo que quedaba del maltrecho tercio de Flandes. Al llegar lo vio claro. El norte, es decir, Holanda, Zelanda, Groninga y demás barrizales situados bajo el nivel del mar estaban total y absolutamente perdidos. El sur no tanto, por lo que había que llegar a acuerdos con los flamencos que seguían siendo católicos, atrincherarse allí y seguir puliéndose las remesas de oro que llegaban a Sevilla.
El plan salió a pedir de boca y los Países Bajos siguieron siendo bajos pero nunca más volvieron a estar unidos. Se crearon dos alianzas, la de Arras, favorable al rey de España, y la de Utrecht, integrada por las provincias rebeldes. En 1581 Guillermo de Orange fue puesto fuera de la ley y se convirtió en el líder indiscutible de la rebelión. Felipe II ofreció a quien las quisiese 25.000 coronas de recompensa por su cabeza. Un tal Baltasar Gerard, un francés algo alocado que planificó el magnicidio con detenimiento, consiguió acercarse a Orange en su casa de Delft y le cosió a tiros con un trabuco.
La mala suerte quiso que los guardias le atrapasen cuando intentaba dejar la ciudad. Fue, por descontado, condenado a muerte. A una muerte horrible. Por decisión judicial, el infeliz fue, en este orden, torturado con hierros ardientes, destripado y descuartizado mientras se encontraba con vida. Para que luego digan los holandeses que somos nosotros los bárbaros.
En 1585 Farnesio consiguió lo que parecía imposible: reconquistar Amberes. A partir de ahí el general puedo completar un auténtico paseo militar que le llevaría hasta Nimega, en plena provincia de Güeldres, una de las cabezas de la rebelión. El frente se estancó durante años debido al poderío creciente del rey de España, que acaba de incorporar Portugal a sus dominios, y al relativo aislamiento de los rebeldes flamencos que, a pesar del abierto apoyo de la Inglaterra isabelina, no conseguían bajar de la línea de Breda. Lo que había visionado Farnesio en un arranque de optimismo era ya una realidad.
La frontera entre el norte y el sur de Flandes era esponjosa pero más o menos estable. Durante años la guerra se aletargó en una riña interminable de desgaste en la que, más que librarse batallas se libraron exasperantes asedios que, una de dos, o mataban de tifus o de aburrimiento a los tercios. La canción era siempre la misma. Españoles u holandeses ponían el cerco a una plaza hasta que ésta se rendía o hasta que recibía auxilio exterior y se levantaba el sitio. Los actores fueron cambiando. Muertos Orange y los primeros gobernadores españoles, Mauricio de Nassau e Isabel Clara Eugenia les tomaron el relevo a finales de siglo, casi al mismo tiempo en que Felipe II declaraba por tercera vez quiebra de la Corona y daba su último suspiro en su cenobio de El Escorial.
El siglo XVII comenzó con la llamada Pax Hispanica, un brevísimo periodo en el que los monarcas hispanos no estuvieron en guerra con nadie, a excepción de su batalla privada contra los herejes que, cada vez en menor número, iba pasando la Inquisición al brazo secular para que les diese matarile en público. Flandes no fue menos. Los Nassau y los Habsburgo se dieron un respiro durante doce años. Los Países Bajos eran ya un país independiente de facto, una república de nuevo cuño nacida de los escombros de una revuelta que se había extendido durante medio siglo.
En 1621, no obstante, se reanudó la pelea, y lo hizo porque la tregua había expirado y porque el nuevo valido del rey, el Conde-Duque de Olivares, era extremadamente ambicioso en materia exterior. El vencedor de Breda, el invicto Ambrosio de Spínola que había derrotado a los holandeses durante 20 años, se lo recordaba al Consejo de Estado: «La experiencia de sesenta años de guerra con Holanda ha mostrado la imposibilidad de conquistar por la fuerza aquellas provincias». Tras un tira y afloja de dos décadas en las que la guerra de Flandes se confundió con la de los treinta años que se libraba en Alemania –otro de los lugares donde ni España ni los españoles debieron nunca estar–, ambos bandos se reconocieron mutuamente en la ciudad alemana de Münster en 1648.
Habían pasado 82 años desde el estallido de la rebelión y ya no quedaba nadie vivo de los que la habían comenzado. España se comprometió a respetar la independencia de las Provincias Unidas y éstas a no incordiar el comercio con América, especialmente a no apresar la flota de Indias que el holandés Piet Hein había desgraciado en mala hora. El Flandes meridional seguiría dependiendo de la corona española otro medio siglo, hasta la Paz de Utrecht, que lo puso en manos de los austriacos. Para entonces la casa de Habsburgo ya había desaparecido del trono español, y con ella sus ansías de grandeza, sus fantasiosos planes europeos mantenidos a costa del oro de América y del sufrido soldado castellano y su concienzudo empeño en arruinar nuestro país.
En apenas unos años las Provincias Unidas –que en español es lo mismo que decir Holanda– se convirtieron en una superpotencia que fundaba colonias, circunnavegaba el globo y plantaba cara a los monarcas más poderosos del orbe. «¡Voto a Dios! Creo que el demonio caga holandeses», llego a decir en 1667 el político Samuel Pepys tras observar como los marinos de la república incendiaban la flota británica fondeada en Chatham y salían a todo trapo de allí.
En España, el nombre de Flandes pasó a ser sinónimo de derrota y frustración, de ruina caracolera y pérdida de tiempo. Nada se nos perdió allí, nada se sacó en claro y nuestro legado más perdurable en aquellas tierras ha sido el de la antipatía y el desdén. Y es que la lección de Flandes es la más palmaria demostración de que lo que mal empieza mal acaba.
Fernando Díaz Villanueva, libertaddigital.com

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