Jacinto Verdaguer

A mi Dios

Confitebor tibi in cithara, Deus,
Deus meus (Salmo XLII)

Por derramarme sobre la frente rosadas perlas
se mecen el pino y el madroño,
por mí trinan tórtolas y mirlos,
mas yo canto por vos.

Por vos que el canto pusisteis en mis labios,
la cítara en mis dedos,
y en mi vacío corazón la dulce fe de los abuelos
que el espíritu ensancha.

Llenarémelo de amor para dároslo,
lo veréis entero aquí;
harémelo huerto florecido para coronaros;
¿queréis más de mí?

¿Queréis que con vuestra Cruz haga la guerra,
la guerra del amor?
¿Que descalzo recorra toda la tierra,
buscándoos amadores?

¿Queréis gota a gota la sangre de mis venas?
¡A chorros os la daré!
¿Mis miembros uno a uno, más entretelas?
¡Todo yo me lo arrancaré!

Mis pensamientos, afectos y memoria
quitádmelos si queréis;
¿queréis que renuncie hasta a la Gloria?
¡Señor, no me la deis!

Mas, ay, no queráis tanto, dulcísimo Jesús;
de quien os ha sido traidor ,
cual un amable hijo amadisimo,
quered tan sólo el amor .

Quered que ensaye aquí los trinos
del ave del paraíso,
para hacéroslos luego más regalados
con sistro de oro feliz.

Quered que deje las mundanas rosas
por las de eterno aroma,
que ponga los pies sobre todas las cosas,
y a Vos sobre mi corazón.

Al Rey del cielo que a todos nos invita,
¿quién el corazón le negará?
A un Dios que ama con ese amor sin medida,
¿quién no lo querrá?

¡Quién fuese aire de abril, del llano y de la sierra
para juntaros el incienso!
¡Quién fuese torrente, para inundar la tierra
con vuestro amor inmenso!

Oh, si se pudiese en vuestro fuego arder,
no se diluiría tanto,
ni serían las grandezas polvo y ceniza
que el aire va aventando.

A vuestro aliento que omnipotente la lleva
latiría como un corazón,
ahriendo del vuestro a cada poco la puerta
sus latidos de amor.

Su dulce perfume, al subir a las nubes,
deshecho llovería como miel,
y el morir tan sólo sería volar
de un cielo a otro cielo.

Mas, ay, la tierra al canto de vuestra gloria
aún no se despierta, no;
pero cantemos; el idilio que aquí moría
ya halla en el cielo resonancia.

La cigarra en verano, ¡pobre cigarra!,
se afana cantando,
y yerta y colgada en los romeros de un ala
suele en invierno brillar.

Así, al ver alguien mi fosa cavada
no lejos de mi cuna,
dirá: «¡Pobre cigarra enamorada,
murió cantando al Sol!»

Versión de José Batlló

Jacinto Verdaguer, (Folgueroles, España, 1845-Vallvidrera, id., 1902) Poeta español en lengua catalana. Se dio a conocer como poeta en los Juegos Florales de Barcelona de 1865, en los que obtuvo dos premios. Ordenado sacerdote en 1870, pronto entró al servicio del marqués de Comillas; por esos años realizó un viaje a La Habana (1874-1876), durante el cual escribió La Atlántida (publicada en el año 1877), la más ambiciosa de sus epopeyas, en la que canta la desaparición del mítico continente. La fama obtenida gracias a esta obra y su creciente éxito literario y popular le animaron a escribir una segunda epopeya, Canigó (1886), esta vez dedicada a los orígenes de Cataluña; en ella mezcla los elementos cristianos y mitológicos, otorgando finalmente el triunfo a los primeros. Realizó entonces un viaje a Tierra Santa (1886) que provocaría en él una fuerte crisis espiritual, y que le llevaría en los años siguientes a extremar las donaciones que realizaba a cargo del marqués e incluso a realizar exorcismos y prácticas espiritistas, según las acusaciones que aparecieron en la prensa. Todo ello motivó la ruptura con su protector e incluso con la jerarquía eclesiástica, y trajo consigo una violenta disputa pública en la que participó el poeta con versos y artículos encendidos; reflejo de los primeros es el volumen Flores del Calvario (1895), de tono intimista y desgarrado.

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