Trafalgar, la gloriosa derrota

Una rutilante estrella política se alzaba con fuerza en el firmamento europeo a finales del siglo XVIII. Se llamaba Napoleón Bonaparte, y había decidido, después de consultarlo consigo mismo, que Europa le pertenecía. En pocos años, su bien motivado ejército había puesto en jaque a todos los reyes del continente. Viejas alcurnias se rendían ante la irrefrenable ambición del general corso, a quien todo le parecía poco.
Sólo había un país que se resistía a sus designios: el Reino Unido. La Inglaterra de entonces era una nación que cotizaba al alza y no se dejaba amilanar por cualquiera. Poseía la flota más extraordinaria jamás vista en alta mar y tenía de su lado, además, el Canal de la Mancha, un soberbio foso natural custodiado día y noche por los perros de presa de la Royal Navy.

Napoleón lo sabía. Sabía que si no sometía Inglaterra y anulaba su poderío marítimo nunca llegaría a emular a los emperadores de la Antigüedad en magnificencia y dominio. En 1804, ya convertido en rey de reyes, vio llegada la hora de echarse sobre su vecino del otro lado del canal. Ordenó reunir un impresionante ejército en Calais y diseñó una cuidada estrategia para alejar a los navíos ingleses de las aguas del canal, con el objetivo de que sus tropas lo cruzasen sin contratiempos. Una vez en la isla, la invasión se haría conforme a lo habitual, es decir, con determinación y sin miramientos. Mientras en París el emperador ultimaba su plan maestro, dos de sus almirantes, Villeneuve y Missiessy, zarparon de Tolón rumbo al Caribe con una poderosa flota. Los ingleses advirtieron la maniobra y cayeron en la trampa, corriendo tras ellos en una denodada carrera por el Atlántico.

Villeneuve llevaba orden de huir de los ingleses y, una vez hubiese avistado América, volver de inmediato a Europa y reagrupar la flota franco-española, que se encontraba desperdigada por El Ferrol, Rochefort y Brest. Con eso bastaría para garantizar el paso del canal. Los ingleses, que en las cosas del mar siempre han ido un paso por delante, cayeron en la cuenta de que se trataba de un ardid al recibir un informe de un bergantín que había visto a la flota de Villeneuve navegando a toda vela hacia El Ferrol. El Gobierno de su Majestad fue rápido, tanto que al llegar los franceses a Galicia se encontraron con quince navíos ingleses dispuestos a abrir fuego.

Así fue. Villeneuve perdió dos barcos (españoles, por cierto) y se batió en retirada, refugiándose en Vigo. Es aquí donde termina de fraguarse el drama –o la dicha, según se mire– de Trafalgar. Desobedeciendo órdenes de Napoleón, Villeneuve titubeó y, en lugar de poner su proa rumbo al Canal, donde le esperaban las tropas, se dirigió al sur, a Cádiz, puerto donde se encontraba el grueso de la flota española.

Cuando Napoleón se enteró de que su almirante se encontraba en Cádiz y no en Brest (tal y como constaba en sus órdenes), envió a España a otro marino para que le sustituyese. Villeneuve, sabiendo que tenía los días contados, se lo jugó todo a una carta. En el golfo de Cádiz se había concentrado una soberbia flota inglesa, en espera de echar el guante al escurridizo almirante francés. A su frente se encontraba uno de los mejores marinos de todos los tiempos, el legendario Horatio Nelson, ya convertido por entonces en todo un héroe nacional. Lo había ganado todo, hasta el amor de Lady Hamilton, una significada y adúltera dama de la Corte que estaba casada con un diplomático del rey. En la guerra era lo contrario que Villeneuve. Resolutivo, implacable y tenaz. Su aspecto formaba parte de la leyenda; tuerto, manco y lleno de cicatrices. Sus hombres le idolatraban. Asistía a las batallas vestido de gala, luciendo sus muchas medallas y desde la primera línea de combate.

En Cádiz, entretanto, el ambiente andaba muy caldeado. Para nuestros marinos, a quienes la invasión de Inglaterra les traía al fresco, no era un secreto que la flota española se encontraba en muy mal estado. Muchos de sus navíos eran viejos, y otros estaban semiabandonados. Las tripulaciones apenas contaban con el entrenamiento básico, y eso con suerte, porque los recortes presupuestarios impuestos por Carlos IV habían obligado a los capitanes a tener fondeados perennemente sus buques. Salir al mar abierto a vérselas con Nelson y su curtida flota era lo más parecido a un suicidio. Así se lo hizo saber el almirante de la Armada, Federico Gravina, a Villeneuve, pero éste no se avino a razones. Dispuso que el combinado franco-español zarpase el 19 de octubre, organizando la flota en cinco divisiones compuestas por barcos españoles y franceses.

Nelson, informado en todo momento de la cantidad y calidad de los enemigos con los que habría de batirse, apretó los dientes. Se encontraba en franca inferioridad. Villeneuve contaba con 33 navíos, él con 27. La escuadra franco-española aventajaba a la inglesa en número de cañones y en efectivos embarcados. Sin embargo, no se acobardó. Se sabía poseedor de algo que Villeneuve no tenía: coraje, y de unas tripulaciones muy bien entrenadas y dispuestas a dejarse la piel en la batalla. Y es que, para Inglaterra, Trafalgar fue una apuesta a vida o muerte. Nelson era consciente de que si caía derrotado su amada patria no tardaría en sucumbir. El almirante tampoco era ajeno al calamitoso estado en que se encontraba la Armada española, y a lo poco que iban a decidir en el curso de la batalla sus desmotivados capitanes.

El día 21 por la mañana los dos contendientes se encontraban frente al cabo Trafalgar, a medio camino entre Cádiz y Gibraltar, y dio comienzo la batalla con un breve mensaje que Nelson dio mediante banderas a todas sus naves desde el Victory: «Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber». La flota hispano-francesa se dispuso en forma de media luna, en un fabuloso arco que se extendía más de doce kilómetros. Un espectáculo digno de ver. Villeneuve, confiado en su superioridad numérica, pensó que Nelson enfrentaría sus naves a la distancia de combate y, al uso de las batallas navales de entonces, el vencedor lo decidirían los cañones.

Fernando Díaz Villanueva, www.libertaddigital.com

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