Santoña, 5 de Abril de 1960:se descargaron 1.541.664 kilos de bocarte,registrando así el record mundial de pesca de una sola especie en una jornada.

No es fácil imaginar el momento. Las circunstancias y los medios no eran los mismos. No existía una cuota definida para cada uno de los barcos que salían a faenar, las condiciones  eran más penosas que en la actualidad y no existían los medios que actualmente se utilizan en las labores de pesca, descarga y traslado del bocarte a las fábricas.

Para muestra un botón. Se depositaba la pesca en cestos, y el bocarte era trasladado a las fábricas mediante carros tirados por mulas o caballos, muy lejos de las actuales carretillas o fenwick que se utilizan actualmente.

El trabajo durante esa jornada fue extenuante. La gente estuvo trabajando sin parar, casi sin tiempo para comer, a destajo. Y así lo relataba Manuel Adolfo Muela: «Estuvimos trabajando en el muelle hasta las doce de la noche con muchas dificultades porque escaseaban los cestos, los carros y los caballos para poder transportar el pescado»

En el proceso de descabezado participaron todos. Mujeres, hombres e incluso los chavales que  cuando salían de la escuela, iban a descabezar bocartes junto a sus madres.

Manuel Adolfo Muela, cronista local y presidente de la sociedad Recuperación Histórica de Santoña (Rehisán), trabajaba en la fábrica de salazones de Giuseppe Sanfilippo, uno de los muchos italianos llegados a Santoña a lo largo del siglo XX atraídos por la anchoa y que, pasado el tiempo, se afincó en la villa para siempre.

El 5 de abril de 1960, Muela tenía 16 años y recuerda que no había ni manos ni capacidad física para absorber semejante cantidad de bocarte. «Hasta las doce de la noche estuvimos en el muelle. Todo estaba desbordado: si tenías carro para transportar la pesca, no tenías caballo; si tenías caballo, no tenías cestos».

En las fábricas «la pesca se tiraba al suelo y se le echaban palas de sal, porque las tinas y las pilas estaban completamente llenas», asegura. De ese modo, el pescado se podía mantener por espacio de varios días antes de ser descabezado y salazonado.

También recuerda aquella jornada Ángel Martínez Estebanet, cuyo padre trabajaba en la báscula de la lonja. «Aquellos días mi madre me mandaba a la venta con la comida para mi padre, porque no paraban de pesar carros en todo el día y el hombre no tenía tiempo ni para ir a casa a comer».

Martínez Estebanet, que regenta un vivero de marisco, almejas y percebes en la calle del Duque, explica que los carros formaban fila a lo largo de Juan Benigno Fernández -donde se encontraba la báscula- y Juan José Ruano, hasta el muelle. Después de pesar, dejaban la pesca en las fábricas y regresaban de nuevo al muelle.

El padre de Víctor Ruiz Teja, presidente de la Cofradía de la Anchoa de Cantabria, era contratista de obras. Aquella mañana los peones y albañiles dejaron el ‘tajo’ y dedicaron la jornada a construir pilas con ladrillo y cemento en el interior de las fábricas, con el fin de incrementar la capacidad de almacenamiento. «Eran pilas de un metro por un metro. La anchoa se dejaba allí con sal», explica. «Aquel día, todo el pueblo se volcó ante la avalancha de bocarte».

Otro de los protagonistas de aquella memorable fecha es Alejandro Collado, que entonces se encontraba al frente de la fábrica Conservas Collado, una de las más antiguas de la villa. Collado recuerda que «la pesca la dejábamos allí, en cualquier sitio, con sal, pensando en que, cuando pasaran aquellos días, ya tendríamos tiempo de que las obreras fuera descabezándola». Asegura que compraron cerca de 100.000 kilos de bocarte, para su propia fábrica y para Conservas Masó.

Una día de fiesta

Las suyas son algunas de las anécdotas de aquel día, pero hay muchas. De hecho, todos en Santoña guardan algún recuerdo de aquel día: las obreras, de las durísimas jornadas de trabajo en las fábricas; los pescadores, de la ilusión por unas ‘partijas’ que se presumían cuantiosas; los fabricantes, de lo que suponía para sus industrias conserveras; los comerciantes y hosteleros, de la riqueza que esas costeras significaban para el resto de los negocios de la villa. Incluso los niños de entonces, hoy cincuentones, recuerdan el espectáculo que significaba para ellos ver el muelle lleno de barcos no sólo de Santoña, sino también procedentes de Orio, Getaria, Bermeo, Lastres… Los niños salían de las clases y se dirigían directamente al muelle.

Todo en aquella jornada fue una fiesta y así se recuerda entre los santoñeses, aunque algunos testimonios se hayan perdido. ¿Qué no podrían contar de aquel día Antonio Cefalú o Tomás Hoya, por citar dos pérdidas recientes, y tantas y tantas obreras de las fábricas conserveras?. Afortunadamente, la memoria colectiva de Santoña conserva el recuerdo de aquella jornada, una de las más memorables, sin duda, que la villa haya proporcionado a lo largo de toda su historia.

Fuente:www.anchoasdesantona.net / www.eldiariomontanes.es

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