Las preces para esta victoria se habían dicho entre las piedras del pobre y escondido templo erigido por la piedad de Doña Berenguela en el rostrum santanderiense.

 

 

Aquel «día entre los días», los marineros de la Castilla costanera vieron tenderse en el suelo sevillano la sombra de una cruz clavada con grito victorioso en los minaretes donde la víspera se recortaban los alfanjes de la media luna. Marineros de un país de nieblas y de mares bravas, abrían los ojos sorprendidos al júbilo de una tierra «molle, lieta e dilettosa». Bajo el rizo de las aguas del Guadalquivir ocultaba la morisma con el fracaso de los vencidos los eslabones de una cadena que, por la banda de Triana, la nao capitana de Ramón de Bonifaz habia quebrado «rompiéndola de claro», mientras por la banda de Sevilla, bajo las saeteras de la Torre del Oro, la Rosa castreña completaba el destrozo, y va «la maravilla entre las maravillas» quedaba recuperada para Castilla. Los dos bajeles, con las velas desplegadas al viento propicio, hacian algo más que devolver a Fernando la llave del Andalus: iniciaban
la empresa de dotar a Castilla de una marina guerrera y escribían el códice miniado de una historia gloriosa. Las preces para esta victoria se habían dicho entre las piedras del pobre y escondido templo erigido por la piedad de Doña Berenguela en el rostrum santanderiense.

De Santander, Sidón ibera, de J. Simón Cabarga

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