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Con mucho AR-T: Pedro Roldán

Detalle del retablo del Altar Mayor de la Iglesia de la Caridad, Hospital de la Santa Caridad de Sevilla.
Aunque oriundo de Antequera, Pedro Roldán nace en Sevilla (1624) y se inicia a la escultura, bajo la dirección de Alonso de Mena, en Granada, donde, en la parroquia de San Nicolás, se casa con Teresa de Ortega (1642) y permanece hasta la muerte del maestro (1638-1646). Entonces vuelve definitivamente a su ciudad natal para instalarse en la plaza de Valderrama, de la parroquia de San Marcos, donde tuvo más tarde el taller más grande de Andalucía. Su última vivienda en la calle Beatos (hoy Duque Bermejo) aún se conserva en estado ruinoso.
Toda la segunda mitad del siglo XVII está llena de su obra numerosísima y extenso influjo, que desde Sevilla, en cuya Academia de la Lonja, fundada por Murillo en 1660, fue profesor de dibujo, llega a Cádiz, Jerez, Córdoba y Jaén, en que trabaja en la fachada de la catedral. Su éxito le permite vivir desahogadamente, rodeado de ocho hijos y de un amplio círculo de discípulos y colaboradores. Fue padre de Luisa Roldán, la Roldana, y abuelo de Pedro Duque Bermejo. Mantuvo una estrecha amistad y colaboración con Juan Valdés Leal.
La obra

De Granada trae la soltura técnica y el sentimiento de su maestro Mena, digno antecedente de su homónimo Cano, y en Sevilla completa su formación bajo las influencias de Montañés, Alonso Cano y José de Arce.
Su obra maestra, donde alcanza la cima de su arte, es el Llanto sobre Cristo muerto del retablo de la parroquia del Sagrario, procedente de la capilla de los Vizcaínos. Ocho años después consolida su prestigio en el retablo mayor del Hospital de la Caridad de Sevilla, con el relieve del Santo Entierro, realizado conjuntamente con el ensamblador Bernardo Simón Pineda y policromado por Valdés Leal (1670-1673). Son los años en que Sevilla, tras la peste del 49, que se había llevado a Montañés, aún guarda el recuerdo de sus muertos.
Su estilo, de grandes planos y masas compactas de cabellos, combina armoniosamente la contención mesurada de Montañés y la dulzura de Cano: «Hay en sus Cristos… un dolor interior, con asomo de dulzura misericordiosa» (M. González), con el movimiento y la agitación de pliegues en los ropajes derivados de José de Arce. Acorde con todo ello, lleva a cabo una renovación de la iconografía del Crucificado manifiesta en los que se exponen a continuación.
«Su concepto compositivo es amplio, enfático, dinámico, buscando efectos de claroscuro y se preocupa intensamente por lo fenoménico y empírico de la morfología, que hiere a los sentidos, más que a la profundidad del mensaje. Su evidente religiosidad responde plenamente a la pastoral y a la liturgia de un ascetismo llevado a sus últimas consecuencias y en lo social y profesional a las directrices de la monarquía española del Barroco» (Hernández Díaz).
Sus últimos años (en los que se incrementa la intervención del taller) están llenos con los temas de la pasión de Cristo, de exaltado patetismo, entre los que debemos destacar el Cristo de la Expiración, de la iglesia de Santiago de Écija (1680), el Crucificado de la Salud, destruido en el 36 (del que Ponz dijo que «puede competir con cualquiera de las [imágenes] que se aplauden en Sevilla»), y el Nazareno de la O.
Murió en 1699.

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