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Pasajes de nuestra historia: Viriato

Viriato (180 a.C. a 139 a.C.), caudillo hispano, terror romanorum.(Escultura de E. Barrón, 1883, en la plaza Viriato de Zamora)

Viriato es el caudillo hispano por excelencia durante la lucha contra los romanos. Era un pastor, por más que es definido en ocasiones como un bandido por la historiografía, lo que tampoco sería nada excepcional en las culturas de la península Ibérica, donde esta actividad era bastante común y en modo alguno estaba reñida con otras formas de sustento.
Viriato era un verdadero genio de la guerra. Fue tan temido y a la vez admirado en Roma que sus historiadores no dudan en considerarle Romulus hispaniensis «el Rómulo hispano». Poseedor de una cabeza privilegiada para la guerra y para la política, formará cuidadosamente un ejército capaz de derrotar a Roma. Alternando las acciones en campo abierto con la guerra de guerrillas, desconocida para los romanos, Viriato consigue frenar las razzias romanas y poner a Roma a la defensiva, lo que ya es un tremendo triunfo. Pero Viriato es más que todo eso, mucho más. Adiestrado ya su ejército, en 147 aC invade el valle del Betis aplastando a su paso todo lo que huele a ejército romano. Viriato es un auténtico mago de la estrategia que utiliza el terreno como un elemento más de su ejército. Se pasea en triunfo por toda la Hispania Ulterior sin que los romanos puedan derrotar a su ejército que tan pronto aparece como se desvanece por arte de magia, desapareciendo para volver a juntarse de repente a espaldas del enemigo y golpearle con toda furia. Las legiones romanas, acostumbradas a enfrentamientos «ortodoxos» con ejércitos formados en líneas compactas, son golpeadas una y otra vez por esta nueva técnica hasta ser derrotadas contundentemente.
En el valle del Tiétar, Viriato derrotará magistralmente al propretor Cayo Plautio y convertirá a Segóbriga en su capital. Los hispanos, armados con sus gladius hispaniensis, machacan a la infantería romana como un martillo machaca una nuez. Desde esta bella ciudad carpetana cuyas impresionantes ruinas aún podemos admirar junto a la autovía de Valencia, iniciará Viriato una serie de golpes contra el dominio romano de tremenda resonancia. Es un insulto que Roma no puede tolerar y envía a Quinto Fabio Máximo, uno de sus mejores generales, que es vencido por Viriato en una brillantísima campaña en la que Máximo cae en una trampa meticulosamente preparada. Todo el ejército romano cae prisionero de Viriato, pero lo que el caudillo quiere no es sangre romana, sino Pax Hispana. Político además de general, Viriato convence a su prisionero Quinto Fabio Máximo para firmar un tratado de paz que asegure la independencia de la Lusitania. El brillante Viriato sabe que puede contener a los romanos, pero no expulsarlos de España, así que admite el status quo vigente: Roma se quedará con sus territorios españoles pero no conquistará ya más. Ya tienen todo el litoral levantino y la Bética y no deben tener más.
Los senadores se quedan perplejos. Es la mayor humillación impuesta a Roma desde las Horcas Caudinas… aunque aún no saben que con el tiempo vendrá después otra aún mayor… El soberbio Senado, acostumbrado a imponer él los tratados, tiene que tragarse su orgullo y ratificarlo. Pero Servilio Cepión, cónsul en 139 aC tiene otros planes. Miembro de una infame familia optimate que pasará a la Historia por la traición, el saqueo y el asesinato (los que hayáis leido a Colleen McCullogh ya sabéis a qué me estoy refiriendo), rompe el tratado atacando la Lusitania. Cuando Viriato envía tres embajadores a Cepión, el romano les soborna prometiéndoles enormes cantidades de oro si asesinan a Viriato que será apuñalado en plena noche en su tienda por los secuaces de los traidores. Traidores que escapan, mientras en el campamento aún se ignora el crimen, al campamento de Cepión. Este miserable canalla, esta joya de la traición, del engaño, del abuso, de la depredación, en el colmo de la mezquindad más mezquina, les espetó la famosa frase de «Roma no paga traidores»… y así se quedó él con la recompensa, claro. Los funerales del gran Viriato, inspirados en los de Aquiles narrados en la Ilíada de Homero, fueron el emotivo homenaje a un hombre cuya inteligencia estuvo a punto de conseguir lo inalcanzable.
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